domingo, febrero 18, 2018

desorganización

Luego de algunos días dedicados al más fructífero hueveo, aunque esto no es más que mero eufemismo, me informo de algunas noticias mientras comienzo la lectura de La llamada de la tribu de Vargas Llosa. Por más que uno trate de hablar de otros asuntos, como los libros leídos, las películas que vuelves a ver y las nuevas bandas que escuchas, hay que tocar otra vez ciertos temas.
Ante la absolución de Adrián Pozo, el infeliz agresor de Arlette Contreras, a quien arrastró y golpeo en un hostal de Ayacucho, regresan con mayor fuerza los debates sobre los abusos que sufren las mujeres peruanas. Leo los motivos de los jueces que vieron el caso y no sorprende la base “racional” que les sirve para justificar la limpieza legal del agresor.
Cuando sucedió esta vejación, no pocos colectivos feministas se unieron en pos de lo que terminó siendo una marcha histórica, en la que también participó la sociedad civil. Sin embargo, este movimiento espontáneo no pudo ser aprovechado como organización ciudadana. Su nula representación política en la vida social es prueba de ello, nulidad materializada gracias a los afanes políticos de ciertos colectivos feministas que quisieron apoderarse del sentido común de la defensa de la mujer. Por amigas que integraban estos colectivos pude enterarme de sus decepciones ante lo que presenciaban en las asambleas: la aparición del feminismo figuretista, que terminó convertido en un engendro que más de una bautizó como feminismo Mainstream. 
Hubo pues un aprovechamiento político del caso de Contreras. Su proceso debió ser seguido y se tuvo que realizar constantes llamados de alerta sobre las triquiñuelas legales que venía ejerciendo la familia de Pozo. Por eso la indignación colectiva que vemos en las redes, pero ahora esta se tiñe de penoso cariz: su desorganización. De haber habido un orden básico, no estaríamos siendo testigos del desamparo en el que se encuentra Contreras, que a estas alturas es la cruda metáfora de todas las mujeres agredidas, asesinadas y maltratadas de este país.

jueves, febrero 15, 2018

insólito

Tras algunas horas en la Hemeroteca, me decidía entre ir al cine o encontrarme con unos patas para fumar hierba. De paso, mi buen pequeño amigo, al ver mi post anterior, y poseso del afán de reivindicación, me sugería vivamente otra serie: The Sinner.
Esperando el ascensor, y mientras respondía algunos saludos por San Valentín, me encontré con Alejandro Neyra. En nuestro cruce de palabras (le detallé que ya estábamos en la fase final del libro), me dijo que en unos minutos se inauguraría la primera edición de Insólito, Festival de cine de terror y fantasía. Sabía del festival, pero creía que este se desarrollaría dentro de quince días.
No perdía nada con entrar al auditorio Mario Vargas Llosa y saber con exactitud qué presentaría el festival organizado por Claudio Cordero y Lina Durán.
Se pudo ver un cortometraje y un largo, ambos de los directores españoles Caye Casas y Albert Pintó. Tanto R.I.P y Matar a dios nos brindan una muy buena impresión del dúo, que sin muchos recursos y harta imaginación, garantizan al espectador no pocas dosis de humor corrosivo. Pero también esa experiencia chocante que solo puede ofrecer el guion pensado al detalle, sea por medio de sus giros verbales y la mágica precisión del gesto de asombro, a saber, en lo que le dice Carlos (Eduardo Antuña) a Ana (espectacular Itziar Castro) en el último cuarto de hora de MAD. Pero el mayor mérito de los españoles es hacer verosímil lo que en teoría sería imposible, a menos que se apele a la crudeza narrativa, pero esta no forma parte de la poética visual de Caye y Pintó. Como pocas veces ocurre con películas contemporáneas, el aplauso de los asistentes, que llenaron el auditorio, estuvo más que justificado.
La exhibición de este par de películas cumple con lo prometido por Cordero y Durán en la inauguración: el esfuerzo por hacer una buena selección. En lo personal no me sorprende lo dicho, puesto que no es la primera vez que soy testigo de una selección de películas realizada por los organizadores. Tengamos en cuenta lo que vienen haciendo en los ciclos de El último cineclub. 
Si tienes tiempo, date una vuelta por la BNP, Insólito va hasta este domingo 18. Más información, aquí.

miércoles, febrero 14, 2018


sub 21


Días atrás un amigo que no solo tiene la costumbre de devorar libros, sino también series, me recomendó ver El marginal, serie argentina que, aparte de romperla, tendrá muy pronto su versión gringa.
Le hice caso y vi la serie. No sé en qué radicaba el entusiasmo de mi pequeño amigo, porque me pareció un trabajo por demás irregular, con vacíos argumentales y apuros en los desenlaces, pero pasando de estos reparos, hay que reconocer que hallamos personajes bien configurados y una agilidad narrativa que agradezco. Ver la serie me ha servido en estos días en los que estamos terminando de editar el libro del año (ya lo verán), a manera de evasión tras febriles y felices horas de trabajo.
No voy a detallar de qué va la serie, solo algunos datos para el potencial interesado: se desarrolla en la cárcel San Onofre, adonde ha ido a parar Miguel Palacios, un ex policía que debe averiguar en calidad de encubierto el paradero de la hija adolescente de un importante juez argentino. Bajo el nombre de Pastor Peña, Palacios va cumpliendo sus objetivos, pero como suele ocurrir en estos proyectos de entretenimiento, las cosas no se cierran cuando parecen conseguirse. 
Entre los microcosmos en conflicto, me genera interés el grupo de jóvenes presos que se hace llamar la Sub 21. La Sub 21 de El marginal es su sal, el condimento de la misma. Tenemos al líder César, el enano Pedrito, Arnold y “El susto”. La Sub 21 se encuentra en permanente enfrentamiento con la banda del capo Borges, banda que goza de gollerías y que controla el presidio. Sin embargo, la Sub 21 no se deja amilanar. Estos chicos no buscan la atención de sus poderosos enemigos, menos lograr un espacio de poder, tampoco destacar como uno de los grupos más fuertes de la prisión. Lo que les basta y sobra es pasarla bien y que nadie los joda en sus días de encierro. Cuando el enfrentamiento con la banda de Borges es inevitable, la Sub 21 se cobija en su ley: el apoyo mutuo. Están muy lejos de ser un grupo de jóvenes huevones. Son maleantes y de armas tomar, y son coherentes con su principio esencial: no rogar importancia.

domingo, febrero 11, 2018

receta cubana

La presencia de venezolanas y venezolanos en Perú viene generando una suerte de tirria minúscula pero bullera, en la que el prejuicio se expone como realidad, cuando lo cierto es que detrás hay una paulatina campaña de desprestigio hacia los migrantes llaneros, que corre como un rumor bajo la responsabilidad de inevitables especieros de buitre.
Hace falta informarse, leer un poco y cruzar la información recogida para saber que estas prácticas no son nada nuevas y que provienen desde el estómago canceroso de la publicidad de gobiernos de izquierda en cuestionamiento. Recordemos la campaña de Fidel Castro con los cubanos que huían de la isla a la búsqueda de un futuro mejor. No olvidemos la etiqueta delincuencial sobre los cubanos que llegaron a Lima a inicios de los ochenta: todo cubano era no menos que ladrón, maleante, asesino, violador, estafador, es decir, escoria que no tenía espacio en el paraíso revolucionario.
La mayoría de venezolanas y venezolanos que conozco, y lo digo en base a mi experiencia, son personas que trabajan. Han tenido que venir a Perú (a este país todavía) porque sencillamente se están muriendo de hambre. Claro, ello no exime que dentro de esta población desesperada se cuele uno que otro delincuente, situación imposible de eludir. Por eso, cuando Nicolás Maduro comunica que Venezuela se está librando de su lacra social, demuestra que es más fiel a pútridos libretos que a los principios que pregona la izquierda. Vemos en acción a un gobierno que no duda en disponer de sucias cartas contra los suyos.
Tampoco sorprende el silencio de nuestros pensadores locales de izquierda. Ya juegan su rol. Trato de entenderlos y no pierdo valioso tiempo en el ejercicio, la obviedad se impone: están ahuevados, no saben qué decir ante lo que ven día y noche en las calles y los medios de comunicación. No condenan lo condenable. 
Hay, y no lo vamos a negar, un problema de convivencia con el otro que huye, pero este es mínimo y abordable, no es la ola de odio del peruano contra el venezolano que algunos payasos digitados desde Caracas nos quieren hacer creer. 

viernes, febrero 09, 2018


casi como la vida

Relacionarnos con los libros que sumaron en nuestra configuración moral y dimensión emocional nos garantizan múltiples percepciones para la vida. De esta experiencia podemos beneficiarnos hasta de sus ramas utilitarias, a saber, mejorar nuestras deficiencias en la comunicación con los demás.
Esta reflexión viene a cuenta de la lectura de Lo más parecido a la vida (Taurus, 2016), ensayo del escritor y crítico literario inglés James Wood. Señas esenciales: es colaborador recurrente de The New Yorker y catedrático en la Universidad de Harvard. Dos libros suyos traducidos al castellano: el más conocido, Los mecanismos de la ficción, texto imprescindible para todo escritor no necesariamente en ciernes, y el que nos cita.
Reza el subtítulo, Lecciones sobre nuestro amor a los libros. Wood no apela a las armas de la teoría, menos a la jerigonza académica, sino que hace uso de la fuente que sustenta su condición de lector: la experiencia vital. Los cuatro capítulos del libro (“¿Por qué?”, “Mirar en serio y caer en la cuenta”, “Usarlo todo” y “La falta de un hogar secular”) vienen pautados por la cualidad del asombro, la manifestación por el primer amor del acto de leer. Wood ha consagrado su existencia a este placer y no lo mancilla imponiendo gustos, ni criterios valorativos. Hasta libros de segundo orden como Novelas y novelistas. Guía del mundo de la ficción, de Martin Seymour-Smith, tienen atención en su órbita. La razón es una sola: Wood está a la caza emocional del poder de la lectura. Además, en más de un tramo nos hace pisar tierra, como en esta sentencia necesaria para estos tiempos de frivolidades mediáticas: “La literatura, como el arte, opone resistencia a la arrogancia del tiempo: nos convierte en insomnes vagando por los pasillos de la costumbre, propone rescatar la vida de las cosas, traerlas de la muerte”. Un maestro.

…  

Publicado en Caretas

jueves, febrero 08, 2018

hh 68

En mi extenso recuento, en la sección dedicada a las revistas, consigné la irregularidad de las publicaciones allí mencionadas, aquello no significaba que estuviéramos ante números débiles, pero sin duda esperábamos algo más de algunos textos. Ese fue el caso de la mítica Hueso Húmero 67, que se presentó atractiva pero que no terminó convenciendo. Esta impresión no impide calificarla como la mayor revista literaria y cultural del medio local, del mismo modo como una de las más importantes en el ámbito hispanoamericano. Tampoco podemos ser ajenos a las comparaciones con aquellas revistas literarias del circuito que tenían a HH como faro y que murieron en la ciénaga del entusiasmo, o cuando sus directores cumplieron sus objetivos personales mediante el tarjeteo de, precisamente, sus revistas. Realidad penosa, la misma que pudo evitarse si se aplicaba lo que no en estos predios: la perseverancia en pos del prestigio, que tiene mayor valor que el recuerdo/consuelo de lo que se hizo a medias.
Ahora tengo en mis manos el último número de HH, el 68. Aún no lo termino de leer, pero en lo recorrido hay más de un motivo para recomendar su lectura, como los poemas de John Ashberry, en traducción de Mónica Belevan, Mirko Lauer y Mario Montalbetti; poemas de Valeria Román y Sebastián Salazar Bondy y relatos de Oswaldo Chanove, esto en cuanto a la creación. Pero lo que ha captado mi atención son los textos de Peter Elmore y Julio Ortega. El primero con el ensayo “La migración del Inkarrí” y el segundo con un capítulo de, lo que suponemos, un libro inédito, La comedia literaria. Memorias de la literatura latinoamericana global, “Néstor Sánchez: un escritor desaparecido”. 
Hubo un tiempo en que coleccionaba todos los números de HH. En mi poder tengo cuarenta números, y varios de ellos los asumo como breviarios que releo y reviso. Mentiría si digo que la excelencia ha sido/es la pauta dominante en la revista, sin embargo, es justo señalar que hasta en la irregularidad asistimos a una exigencia que no podemos dejar de reconocer. En la perseverancia y el rigor se sustenta la resonancia que aún sigue despertando esta publicación dirigida por M. Lauer y Abelardo Oquendo.

miércoles, febrero 07, 2018


toma de posición

Cuando se suponía que regresaría a casa, tuve la oportunidad de ver el documental Rehenes (2017) de Federico Lemos.
Sobre este trabajo del director uruguayo he leído y escuchado los comentarios más encontrados. En lo personal, soy de la idea de que un documental de este tipo debe sustentarse en la pluralidad de puntos de vista, elementos más importantes que los resultados estéticos. Razones sobran: la que interesa, la verdad sobre lo que ocurrió en el rescate de los rehenes de la embajada de Japón en 1997.
El documental, a primera impresión, exhibe agilidad narrativa, pese a que tiene todas las características del reportaje televisivo. Tenemos los testimonios de Luis Giampietri, Francisco Tudela, el cardenal Juan Luis Cipriano, el militar José Williams Zapata, el entonces embajador japonés Morihisa Aokil, el ex emerretista Ernesto Cárdenas y familiares de los integrantes del MRTA.
El trabajo cumple su cometido: se impone como documento de memoria, pero resbala en lo que no en sus últimos quince minutos: Lemos toma posición e inclina la balanza discursiva hacia la versión de la abogada de una ONG de derechos humanos. Si Lemos pretendía distinguir su trabajo con una cuota de personalidad, bien lo hubiese hecho en un trabajo de ficción. No solo hace naufragar su proyecto hacia una visión que configura como víctimas a una sarta de asesinos, sino que la formal limpieza narrativa que venía construyendo también termina infectándose de esa apurada toma de posición.  
La pluralidad del discurso, casi siempre (lamentablemente), es utilitaria, busca el aplauso de la platea. En esta ocasión, el maquillaje no dura mucho y se corre por su burdo tratamiento final. Rehenes, en este sentido, peca en lo mismo (ahora en un trabajo de no ficción) que otras manifestaciones creativas sobre los años de la violencia política. Contra la seguidilla de sandeces de la abogada de los terroristas, hubiese sido ideal (y moral) el testimonio de algunos familiares de los militares del comando Chavín de Huantar. Eso, Lemos, es pluralidad. 

lunes, febrero 05, 2018

prioridades

Mientras termino un texto sobre una novela de una escritora peruana, me desconecto un toque, cosa que aprovecho para ir a La Rocca para comprar dos panes con chicharrón para llevar. Quizá en este café-restaurante se venda el mejor pan con chicharrón de la ciudad, aunque esa preferencia también puede proyectarse a El Chinito del Jr. Chancay del Centro Histórico o el puesto de, vaya novedad, unos chinos en el mercado del Callao.
Recién en el trayecto en taxi me pongo al día con algunas noticias del ámbito político nacional. Contra algunas sugerencias que he recibido de los lectores y amigos del blog, cuya simpatía yace en la simpatía por la izquierda, que me han recomendado no tocar temas políticos que ponen en entredicho la esencia de su ideología, he decidido seguir abordando el asunto cada vez que me interese.
A medida que me acerco a mi destino, me resulta imposible no pensar en la izquierda, en su evidente desconexión de la realidad y su lejano compromiso con la justicia social. Muestra de su desconexión es que ninguno de sus “aportes” está pensado en el bienestar colectivo, solo en la agenda política, en el sueño canábico de chapar la presidencia ante una vacancia. 
Si por mí fuera, PPK debería renunciar por traidor. Pero hay otros problemas que sí merecen mayor atención, como agilizar/activar la economía y sumar en lo que ya parece ser una justificada aspiración nacional: la pena de muerte para los pedófilos. No hablamos de posturas populistas, sino de criterio básico de bienestar y sentido común ante lo que es un abuso contra criaturas indefensas. Esas son las prioridades, esos tópicos darían vida a la agenda de nuestras fuerzas políticas si estas fueran normales. De ser así, la población, llegado el momento, sabrá recompensar.

domingo, febrero 04, 2018


sábado, febrero 03, 2018

gestos

Dejando de lado algunas actividades, me consagro al ocio huevero, al menos durante algunos minutos, como quien se alista para el concierto de las próximas horas.
Un asunto llama mi atención y cruzo toda la información posible mientras escucho el Meat Light de Frank Zappa. El tema: lo sucedido con el escritor Elvis Herrada, invitado al festival Salón del Libro de Luxemburgo.
En la red encontramos un video en donde podemos ver a Herrada vendiendo su libro en un medio de transporte público. También un post en donde el autor detalla la respuesta que recibió de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura.
El caso de Herrada encendió las redes, las muestras de apoyo al escritor no se hicieron esperar.
Al respecto, habría que poner algunas cosas en orden, porque en este caso hay tanto de pena como de sobredimensión.
Es cierto que este festival cultural viene realizándose por muchos años, pero no menos ciertos son sus criterios de invitación, que pueden sufrir serios cuestionamientos. En cuanto a los autores peruanos que han ido a este festival, solo vislumbro una sola excepción, a lo mucho un par. No más.
Lo he manifestado más de una vez, la DLL está muy lejos de cumplir con sus implícitas prioridades, quizá sea una de las oficinas más cuestionadas del Mincul. Y su reacción ante el pedido de ayuda de Herrada fue no menos que torpe.
Pero como toda oficina de una entidad estatal, esta debe cuidar sus gastos, no despilfarrar el poco/mucho dinero del que pueda disponer. Hasta este punto, el no apoyar a Herrada resultaba entendible a razón de los sinuosos criterios del festival internacional.
Ahora, Herrada hizo lo que cualquier mujer y hombre dedicado a la cultura tiene que hacer: acudir al Mincul. Se supone que quienes trabajan allí son servidores públicos, y esa cualidad de servicio debe proyectarse sin acepción de personas, con mayor razón si estamos en una rama tan sensible como la cultural. 
No hay dinero, lo entiendo. Pero con este escritor hizo falta voluntad de gestión, solo eso, un gesto que pueda ser valorado, una muestra de apoyo que no necesariamente iba a garantizar la ayuda económica que le permita viajar a Luxemburgo. El gesto es también política cultural.

lunes, enero 29, 2018

pobres diablos

En los días ausente del blog, que eché de menos, estaba pensando en compartir algunas impresiones al vuelo sobre las cinco películas de Clint Eastwood en el rol del policía Harry Callahan. La película más conocida del ciclo, la ya clásica Harry, el sucio. No sé cuántas veces las he visto, pero en cada nuevo acercamiento, el asombro no decae. Bueno, pensaba escribir de algunos mágicos detalles menores de estas películas, pero al parecer la furia me obliga a dar cuenta de otro asunto, que bien podríamos calificar de miserabilismo.
En menos de 48 horas, dos representantes de la izquierda peruana brindan motivos para pensar seriamente en la sospecha social razonable: la izquierda jamás será gobierno y que solo se desempeñará en lo que saben hacer como pocos: ser oposición.
La primera maravilla la vi ayer domingo, minutos antes del imprescindible Royal Rumble de la WWE. Por las redes comenzó a circular la intención del congresista Justiniano Apaza de presentar un proyecto de ley que restringa el ingreso de venezolanos al país. Como era de esperarse, las críticas no se hicieron esperar, al punto que tuvo que declarar que se trataba de una propuesta personal y no de los congresistas del Frente Amplio. Entre sus argumentos, lo que ya parece demagogia, más o menos así: los jóvenes venezolanos quitan el trabajo a los jóvenes peruanos. Y en las últimas horas, Goyo Santos, el mayor demagogo de la izquierda, que primero tendría que solucionar sus serios problemas legales antes de proferir cojudeces, como su defensa y admiración a la dictadura de Nicolás Maduro: “La dictadura es aquí, primero arregla tu casa y después resuelve problemas ajenos”. 
Aunque el verbo no delata su pobrediablismo, el silencio hace cómplices a todos los demás líderes de la zurda, pienso en Verónika Mendoza y Marisa Glave, que si aspiran a algún futuro político, deberían pensar en condenar la barbarie dictatorial de Maduro. En pocos años viviremos las elecciones presidenciales y por más que intenten convencernos de las ventajas de un gobierno de izquierda, el peruano de a pie se mostrará reacio ante el discurso: lo que ven a diario en las calles es motivo más que suficiente para saber que el socialismo del siglo XXI se ha convertido en toda una desgracia.

martes, enero 23, 2018


subestimar

Mientras termino las últimas etapas del libro que venimos editando, veo recién cómo van las redes, esas capas de realidad paralela en contraposición a la que participamos todos los días.
Más allá de alguna que otra queja a razón del tráfico, no he sido testigo de condenas por la visita del Papa. Por el contrario, son muy pocas las ocasiones en las que he visto a muchísima gente feliz, cuya alegría, vamos a aceptarlo, resultó contagiante. Caso contrario en las redes, en donde la condena ha estado a la orden del día, la mayoría obediente de la indignación estratégica.
Como el apuro identifica a las redes, no se han hecho esperar los comentarios vejatorios hacia mujeres y hombres que profesan la religión católica. La falsa superioridad moral e intelectual de nuestros censores de las buenas costumbres puede llegar a ejercer un efecto contrario a lo que se busca toda vez que hablamos de democracia o se critica el sistema.
Somos tan superiores que creemos que el mundo es como lo pensamos y que tiene que ser tal y como lo enunciamos. Si algo ha dejado la visita de esta autoridad eclesiástica, sea con sus bemoles e inadmisibles silencios, es que hay una población a la que no hay que subestimar por no pensar como uno. Podríamos decir lo mismo cuando nos referimos a los simpatizantes del fujimorismo. Estamos hablando de un fervor que no entiende de razones, ni de doctrina ideológica. 
La dimensión emocional en la que yace y refuerza la simpatía política en este país puede generar más de un sinsabor. Se ha perdido muchísimo tiempo en agendas ideológicas y en reclamos nacidos en burbujas, años en los que el fujimorismo fue una pasión contenida a la espera de manifestarse.

jueves, enero 18, 2018

cuando no se condena

En la tarde un amigo me pasó un video en el que a Marisa Glave se le pregunta por la memoria.
Bueno, a Glave aún le doy crédito y está a tiempo de enmendar ciertas posturas discursivas divorciadas de la honestidad y del sentido común.
Es que la ideología ataranta, sí.
Al respecto, tenía esperanza de ver/leer pronunciamientos sobre el asesinato del oficial venezolano Óscar Pérez. ¿Qué tendría que pasar en Venezuela para que los líderes de la izquierda peruana se desahueven?
Silencios como los de ahora confirman la dependencia no ideológica, sino económica que nuestra izquierda ha tenido con la dictadura de Hugo Chávez. Por eso, cuando su sucesor Nicolás Maduro comete este tipo de atropellos en nombre de “revolución” y el orden interno de su país, no se tiene otra opción que mirar para otro lado. Este silencio fundamenta la sospecha sobre las dádivas chavistas recibidas por los grupos y movimientos de izquierda locales. Se supone que la defensa del respeto por las vidas de mujeres y hombres  no tiene que depender de filiación alguna, con mayor razón cuando se sabe que a Pérez lo masacraron estando rendido.
A lo mejor, los representantes de la superioridad moral tengan razón en cada uno de sus postulados discursivos, seguramente este país será mejor de estar en sus manitas, pero hasta que no alcen la voz condenatoria contra regímenes que violan paulatinamente los derechos humanos, de poco les sirve tentar ser el mayor poder político. 
La situación empeora cuando día a día vemos la realidad del sistema socialista del siglo XXI, la corrupción, hambre y miseria que genera. Así es: miles de hermanos venezolanos sobreviviendo en la capital. Eso es lo que el votante de a pie ve cada día, como también el mutismo ante lo que se supone tendría que ser una obvia condena. 

sábado, enero 13, 2018


concursografía

Luego de un par de horas recogiendo y seleccionando información en la Hemeroteca de la BNP, salí tranquilo. Sin embargo, en el trayecto a la puerta de salida, se me antojó comprar una bolsita de maní salado de la máquina expendedora del sótano. Ese acto, fugaz y pueril, trajo consigo que al regresar al primer piso me encontrara con Lucía, a quien no veía en más de diez años, fácil.
Luego del intercambio de palabras y puestas al día de rigor, la felicité por el trabajo que venía realizando en el sector educativo. Nos despedimos sin más y me dirigí a La Rambla. En esos metros a mi destino inmediato recordé una novela, entre muchas, que Lucía me recomendó en 2001.
La recordé porque me gustó, pero también por la realidad gaseosa de su autor hoy en día. Si la encuentras, no dudes comprarla, puesto que La caverna de las ideas, del español José Carlos Somoza, cumple con las expectativas, por encima de la dependencia de su registro genérico de policial enigma. Sin embargo, no puedo pasar por alto la decepción de sus cuatro novelas posteriores. Al terminar cada una de estas, renovaba mi fe en lo que Somoza podía ofrecer ya que merecía ese crédito a causa de La caverna… 
Somoza ganaba premios. En cierta ocasión le preguntaron por qué concursaba, en qué radicaba su pulsión por participar. Su respuesta, si mal no recuerdo, fue que ganar un concurso le permitía seguir publicando. Fin noble, porque todo autor anhela ser leído, pero hasta qué punto los premios son garantía, aunque sea, de relativa perdurabilidad. Como Somoza, de quien aún sigo creyendo que es un autor interesante, podemos encontrar más de veinte casos iguales en la narrativa hispanoamericana. Es decir, autores que ganan premios y pasan al olvido luego de la etapa promocional. Esa misma situación, pero con peculiar sabor local, la vemos en nuestros premios locales, tanto en los privados y en los promovidos por entidades estatales. Por esa razón, tenemos un linaje de escritores con oficio y talento entregados a la locura de la concursografía, cuyas credenciales son la escritura a pedido temático y la corrección formal. Ganar para comprar tranquilidad es lícito. Pero ganar para creer que se merece un derecho de admisión y concursar todas las veces posibles porque se tiene la fórmula, no son más que banalidades efímeras, manifestaciones de estupidez y desesperación. La concursografía no es el camino al deseado reconocimiento, sino el sendero al patetismo en vida.

viernes, enero 12, 2018

"uud" (3)

Ayer no pude ir a la marcha a causa de la presentación en Sur de un libro, la nueva edición de Un único desierto de Enrique Prochazka.
Esta tercera edición viene gracias al sello Seix Barral, de Planeta. La segunda, recordamos, fue en 2008 a cuenta de Matalamanga de Ezio Neyra y Pierre Emile Vandoorne, y la primera de 1997 por Australis de Alexander Forsyth.
A medida que avanzaba la presentación, sentí una revelación, esta vez manifestada en cosas buenas en comparación a nuestra triste realidad social y política, puesto que si existe un libro que tiene que rescatarse cada cierto tiempo, es precisamente este de Prochazca.
No tengo duda de que estamos ante un texto de culto para la tradición narrativa peruana, que se hace fuerte en la memoria del lector con lecturas que motivan la generosidad por compartirla, porque es mediante su recomendación que UUD ha quebrado la barrera del olvido. No hablamos de un autor del gusto mayoritario. Sin embargo, a Prochazka se le ubica como un muy buen escritor (reseñas y notas en prensa) y a la vez esquivo a los vaivenes de los saraos literarios.
Más allá de una relación con la literatura, lo que percibo en la poética del autor es una comunión con las posibilidades expresivas de la escritura. Bien indican sus lectores, “Prochazca es literatura pero a la vez no”. Ese extrañamiento se percibe en sus relatos, la médula de la lozanía que sustenta su vigencia. Han pasado veintiún años y UUD sigue reclamando y generando más lectores. 
En las dos primeras ediciones, por su carácter independiente, UUD sufrió del mal de su logística, la distribución. Pese a ello, el libro se abrió paso y a la fecha esas dos ediciones son casi inhallables. La llegada del título a Planeta no es consagración para Prochazka. Prochazka es ya un autor celebrado y reconocido, asunto que, especulo, poco o nada le debe importar. Lo que sí garantiza Planeta es una justa distribución del libro, una presencia librera para el lector que atesora sus señas, como también obsequio para el fetichista.