jueves, enero 18, 2018

cuando no se condena

En la tarde un amigo me pasó un video en el que a Marisa Glave se le pregunta por la memoria.
Bueno, a Glave aún le doy crédito y está a tiempo de enmendar ciertas posturas discursivas divorciadas de la honestidad y del sentido común.
Es que la ideología ataranta, sí.
Al respecto, tenía esperanza de ver/leer pronunciamientos sobre el asesinato del oficial venezolano Óscar Pérez. ¿Qué tendría que pasar en Venezuela para que los líderes de la izquierda peruana se desahueven?
Silencios como los de ahora confirman la dependencia no ideológica, sino económica que nuestra izquierda ha tenido con la dictadura de Hugo Chávez. Por eso, cuando su sucesor Nicolás Maduro comete este tipo de atropellos en nombre de “revolución” y el orden interno de su país, no se tiene otra opción que mirar para otro lado. Este silencio fundamenta la sospecha sobre las dádivas chavistas recibidas por los grupos y movimientos de izquierda locales. Se supone que la defensa del respeto por las vidas de mujeres y hombres  no tiene que depender de filiación alguna, con mayor razón cuando se sabe que a Pérez lo masacraron estando rendido.
A lo mejor, los representantes de la superioridad moral tengan razón en cada uno de sus postulados discursivos, seguramente este país será mejor de estar en sus manitas, pero hasta que no alcen la voz condenatoria contra regímenes que violan paulatinamente los derechos humanos, de poco les sirve tentar ser el mayor poder político. 
La situación empeora cuando día a día vemos la realidad del sistema socialista del siglo XXI, la corrupción, hambre y miseria que genera. Así es: miles de hermanos venezolanos sobreviviendo en la capital. Eso es lo que el votante de a pie ve cada día, como también el mutismo ante lo que se supone tendría que ser una obvia condena. 

sábado, enero 13, 2018


concursografía

Luego de un par de horas recogiendo y seleccionando información en la Hemeroteca de la BNP, salí tranquilo. Sin embargo, en el trayecto a la puerta de salida, se me antojó comprar una bolsita de maní salado de la máquina expendedora del sótano. Ese acto, fugaz y pueril, trajo consigo que al regresar al primer piso me encontrara con Lucía, a quien no veía en más de diez años, fácil.
Luego del intercambio de palabras y puestas al día de rigor, la felicité por el trabajo que venía realizando en el sector educativo. Nos despedimos sin más y me dirigí a La Rambla. En esos metros a mi destino inmediato recordé una novela, entre muchas, que Lucía me recomendó en 2001.
La recordé porque me gustó, pero también por la realidad gaseosa de su autor hoy en día. Si la encuentras, no dudes comprarla, puesto que La caverna de las ideas, del español José Carlos Somoza, cumple con las expectativas, por encima de la dependencia de su registro genérico de policial enigma. Sin embargo, no puedo pasar por alto la decepción de sus cuatro novelas posteriores. Al terminar cada una de estas, renovaba mi fe en lo que Somoza podía ofrecer ya que merecía ese crédito a causa de La caverna… 
Somoza ganaba premios. En cierta ocasión le preguntaron por qué concursaba, en qué radicaba su pulsión por participar. Su respuesta, si mal no recuerdo, fue que ganar un concurso le permitía seguir publicando. Fin noble, porque todo autor anhela ser leído, pero hasta qué punto los premios son garantía, aunque sea, de relativa perdurabilidad. Como Somoza, de quien aún sigo creyendo que es un autor interesante, podemos encontrar más de veinte casos iguales en la narrativa hispanoamericana. Es decir, autores que ganan premios y pasan al olvido luego de la etapa promocional. Esa misma situación, pero con peculiar sabor local, la vemos en nuestros premios locales, tanto en los privados y en los promovidos por entidades estatales. Por esa razón, tenemos un linaje de escritores con oficio y talento entregados a la locura de la concursografía, cuyas credenciales son la escritura a pedido temático y la corrección formal. Ganar para comprar tranquilidad es lícito. Pero ganar para creer que se merece un derecho de admisión y concursar todas las veces posibles porque se tiene la fórmula, no son más que banalidades efímeras, manifestaciones de estupidez y desesperación. La concursografía no es el camino al deseado reconocimiento, sino el sendero al patetismo en vida.

viernes, enero 12, 2018

"uud" (3)

Ayer no pude ir a la marcha a causa de la presentación en Sur de un libro, la nueva edición de Un único desierto de Enrique Prochazka.
Esta tercera edición viene gracias al sello Seix Barral, de Planeta. La segunda, recordamos, fue en 2008 a cuenta de Matalamanga de Ezio Neyra y Pierre Emile Vandoorne, y la primera de 1997 por Australis de Alexander Forsyth.
A medida que avanzaba la presentación, sentí una revelación, esta vez manifestada en cosas buenas en comparación a nuestra triste realidad social y política, puesto que si existe un libro que tiene que rescatarse cada cierto tiempo, es precisamente este de Prochazca.
No tengo duda de que estamos ante un texto de culto para la tradición narrativa peruana, que se hace fuerte en la memoria del lector con lecturas y generoso, porque es mediante su recomendación que UUD ha quebrado la barrera del olvido. No hablamos de un autor del gusto mayoritario. Sin embargo, a Prochazka se le ubica como un muy buen escritor (reseñas y notas en prensa) y a la vez esquivo a los vaivenes de los saraos literarios.
Más allá de una relación con la literatura, lo que percibo en la poética del autor es una comunión con las posibilidades expresivas de la escritura. Bien indican sus lectores, “Prochazca es literatura pero a la vez no”. Ese extrañamiento se percibe en sus relatos, la médula de la lozanía que sustenta su vigencia. Han pasado veintiún años y UUD sigue reclamando y generando más lectores. 
En las dos primeras ediciones, por su carácter independiente, UUD sufrió del mal de su logística, la distribución. Pese a ello, el libro se abrió paso y a la fecha esas dos ediciones son casi inhallables. La llegada del título a Planeta no es consagración para Prochazka. Prochazka es ya un autor celebrado y reconocido, asunto que, especulo, poco o nada le debe importar. Lo que sí garantiza Planeta es una justa distribución del libro, una presencia librera para el lector que atesora sus señas, como también obsequio para el fetichista. 

jueves, enero 11, 2018


alejandro neyra


Desde hace unos días se viene discutiendo la designación de Alejandro Neyra como nuevo ministro de Cultura. Bajo todo punto de vista, se trató de una decisión difícil para el último director de la Biblioteca Nacional.
En un post pasado indiqué que tras la chanchada del indulto de PPK, muchos funcionarios públicos de valía venían renunciando a sus puestos de confianza. En parte, saludaba esas renuncias, pero también estaba preocupado por la puerta abierta que se dejaría a los oportunistas, esos eternos hueleguisos a la expectativa de la oportunidad de engordar por medio de la mamadera estatal.
Uno de los objetivos del fujimorismo es dinamitar la memoria. Entre sus obsesiones está apoderarse del Museo Lugar de la Memoria, institución de la cartera ministerial de Cultura. ¿Qué harían con este espacio destinado a mostrar el desastre que nos dejó la Guerra Interna y la dictadura fujimorista? No, no cambiarían su curso actual, menos llevarían a cabo un caprichoso ajuste narrativo de los hechos. Simple: lo desaparecerían para convertido en un lujoso restaurante o centro comercial frente al mar. O, como también podría suceder: lo demolerían.
Es cierto que este ministerio no ha sido del agrado de todos. No ha venido funcionando como hubiésemos deseado. Lo que me jode de su existencia es la argolla burocrática que pervive en sus pasadizos desde su fundación, del mismo modo su desconexión con las prioridades en las que debe enfocar esfuerzos y recursos. Para la recua de sabidos que parasita en este ministerio (“a ver quién entra, si Petrozzi o Bákula, pues renuncio”), la estrategia no ha sido otra que sobredimensionar lo que tendría que ser una función natural. Pero lo que importa: es nuestro Ministerio de Cultura, el único espacio llamado a garantizar nuestro legado y producción culturales. Y por ese motivo hay que cuidarlo en tiempo de crisis política más allá de sus taras, porque a los parásitos los echas o los obligas a hacer lo que hasta el momento no: trabajar en las prioridades.
No soy amigo de Alejandro Neyra. Nuestro trato siempre ha sido cordial, participamos de una mesa de presentación en la FIL de 2010 y solo hemos hablado un par de veces en la BNP. En la primera de esas conversaciones le manifesté mis reparos a sus políticas iniciales en su calidad de director, pero también saludé la labor que venía realizando. No necesité que me detallara lo que estaba haciendo, por la sencilla razón de que veía los frutos de su gestión a diario. ¿Qué veía? Pues el acercamiento de la BNP al público, el esfuerzo por llevar cultura a mujeres y hombres no acostumbrados a ella.
Mal, muy mal, hacen los amigos de Neyra cuando se le felicita por su nombramiento ministerial. Tienen una pésima lectura del contexto: Neyra está condenado a desempeñar una intachable gestión, el término medio de esta no es más que fracaso. Ser ministro de Cultura en una situación como la que vive el país no justifica la celebración por la responsabilidad encargada como si fuera una borrachera en Juanito o en Piselli. Neyra es una maravillosa persona, impresión que me la firma más de un millón y contra ese millón no soy quién para dudar. 
Lo que vi de Neyra en la BNP, espero verlo en el ministerio de Cultura. Nuestro ministro tiene dos cualidades: criterio y voluntad de servicio. Que ahora las repotencie. Ese es mi deseo.

martes, enero 09, 2018

pedro k

Tenía las señas del libro, pero por cosas ajenas a la voluntad no daba con él. Felizmente, ha cambiado la situación, gracias al azar.
Me pregunté también por su carácter esquivo. Cuando se publicó en 2010, la prensa cultural no lo visibilizó, a ello sumemos el siguiente detalle: en la página de créditos se indica que solo se imprimieron doscientos ejemplares. Por un momento creí que se trataba de una publicación hecha para compartir entre amigos, pero recordé que una amiga me pasó el dato del mismo, que podía hallarlo en la librería donde trabajaba, es decir, estuvo a la vista del potencial lector.
Sin pena ni gloria. Monólogos de un desconocido (Santo Oficio) de Pedro Cornejo Guinassi, muy conocido por sus artículos y ensayos sobre rock. En esta faceta de crítico haríamos bien en buscar Sobrecarga y Alta tensión.
En la brevedad que nos ofrece Cornejo, podemos percibir más de un elemento que nos llama la atención. Veamos, el autor no es un hacedor de pirotecnias verbales, pero sí sabe qué quiere y puede narrar. Y en esa empresa no duda en dinamitar a su alter ego Pedro K. mediante un lenguaje simple pero cargado de furia contenida. El narrador protagonista derrocha nervio en la manifestación de miserias emocionales que hacen de él un hombre quebrado, roto y resentido. Pedro K. cuenta su vida, a la búsqueda del motivo que le permita explicarse la razón de su naturaleza autodestructiva. En este sendero no es ajeno a la exploración de la oscuridad familiar, tampoco huye de la cruda aceptación de su carácter antisocial.
Imposible no preguntarse por el destino de la novela de haberse publicado dos o tres años después, en la era de la llamada autoficción que pareció conquistar las parcelas narrativas de nuestros creadores. 
Hubiésemos deseado que Cornejo despliegue una mayor ambición narrativa, en la brevedad cumple con creces, pero también se notan sus caídas, como los párrafos del “ejercicio misógino dialéctico”. Más allá de este reparo, la novela es una invitación a la zona oscura del lector, es decir: a la porquería existencial, tan ausente en nuestros años de eclosión autoficcional.

lunes, enero 08, 2018


gf, el escritor oculto

Una de las actividades que más disfruto es ordenar mis libros cada cierto tiempo. Esa sola actividad suele traer consigo más de una revelación, suerte de descubrimiento del texto escondido, al que se regresa para cuestionarlo y ver su vigencia. En este premeditado ordenamiento he tenido sorpresas, del mismo modo decepciones, pero esa es la gracia de la relectura: no saber qué hallaras, no tener la más mínima idea de tu reacción.
Dicho esto, son varias las preguntas que deja la relectura de relatos aparentes (more ferarum 9/10, 2002) de Gastón Fernández (Lima, 1940 – Bruselas, 1997). Estas inquietudes se dividen en diferentes parcelas de impresión. La que interesa: el lector queda satisfecho, es testigo de lo mucho que la poética de Fernández aún puede transmitir, también es partícipe de una ética creativa, de lo que ya no se ve en la narrativa peruana: la sola comunión con la palabra.
Fernández pertenece a esa selecta galería de autores ocultos de la literatura peruana, llámalo, si prefieres, autores para lectoescritores. Sin embargo, no caigamos en la confusión puesto que solo los elegidos pueden ser ocultos. El escritor oculto se justifica en una actitud que yace en su propia voluntad de ser tal, para quien lo mostrado resulta más que suficiente, quedando a la espera sin esperar del lector que haga suyo su puñado de palabras. En este sentido, si tendríamos que hermanar a Fernández, lo haríamos con Luis Loayza y José Cerna.
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El caso de Fernández viene marcado por la extrañeza. Queda claro que no nos enfrentamos a una poética a la búsqueda de la referencialidad del gusto mayoritario. No. La propuesta de este escritor tiene coordenadas fijas e innegociables: el lector con lecturas / el lector con formación / el lector ecléctico. En estas fronteras, Fernández destaca como pocos: una tramposa sencillez narrativa propia del que se sabe un muy buen escritor pero al que no le interesa que se le reconozca como tal. Claro, no le interesa ese reconocimiento, porque esa es tarea del admirador, del cazador de la sensibilidad de la escritura.
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Relatos aparentes. Cuestión genérica que no es ni será. He allí su fuerza actual.
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Cuando se publicó relatos aparentes, en edición del crítico José-Ignacio Padilla (incluyamos también Breviario aparente (2006), bajo el cuidado del poeta y músico Renato Gómez), supuso un acontecimiento. Padilla rescató los relatos del escritor, al que nos presentó como un autor que no era dueño solo de contados textos cartografiados en revistas. Esta publicación fue muy saludada por algunos críticos de medios y, según reza la leyenda, no demoró en agotar su edición.
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¿En qué se sustentaba la radiactividad de Fernández? Tal y como señalamos, su propuesta orbitaba en objetivos fijos. El lector de raza es muy intuitivo, detecta sin mucho despliegue intelectual la mentira de la pose. Contra él no sirve la promoción editorial, por ejemplo. Solo la conexión. En este sentido, los «relatos aparentes» incluidos en este libro de poco más de medio millar de páginas, muestran un mestizaje de registros que transitan en su naturalidad, ajenos al coto genérico.
Cualquier asunto es pretexto para Fernández. Más allá de respetar o no linealidades narrativas o criterios básicos argumentales, se impone en el lector la mirada de un autor que sabe observar y, en especial, la cualidad de su escritura nerviosa. Es precisamente esa confluencia la que permite un diálogo con el lector, a quien, dicho sea, le importa poco o nada la dirección que tomará lo relatado, fijando su atención en la pulsión armónica e incómoda que exhibe el autor.
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Podemos especular sobre las razones que hicieron de Fernández un autor secreto. Pero ahora que releemos este libro a más de una década de salir publicado, las sospechas de entonces ahora se convierten en especulaciones razonables, jamás certezas. Fernández ofreció destellos de lo que tendría que ser el viaje interior de la escritura como medio de expresión, nunca un fin celebratorio. Es decir, Fernández supo que su poética no tendría lugar de atención, a lo mucho una casual recepción, pero ello no le impidió ordenar lo escrito en décadas, tal y como señala Padilla en el prólogo, en donde, además, explica los criterios de edición, respetando el impacto textual antes que su mero orden. A saber, los premeditados espacios en blanco como cuerpo de lo narrado.
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No son pocos lectores los que desconocen a Fernández. Entre quienes hicieron esfuerzos por visibilizarlo, es justo consignar a Padilla, Gómez, Iván Thays y Carlos Calderón Fajardo. En su momento, Carlos me habló de la necesidad de difundir la obra de este autor con el que mantuvo intercambio epistolar. Escuché con atención lo que dijo al respecto, pero también creí que tarde o temprano esta obra insular generaría los lectores que merecía. Craso error, pésima lectura de proyección, porque no pude vislumbrar lo que serían las redes sociales, consagradas al encumbramiento de plumas que arriban al olvido antes de la veintena de páginas leídas, y si ello no fuera suficiente, condenan al ninguneo a autores de valía.
Una publicación como esta es fruto de la admiración y la voluntad encausadas por sobredosis de locura. Hay que estar algo loco para editar un libro como este. Lo que ahora parece sorpresa tendría que ser lo normal si es que hablamos de editores independientes de verdad, que a la fecha no existen en el circuito editorial peruano, seducidos por el impacto comercial y no por la apuesta literaria y estética.
Este libro es también un artefacto, un objeto que se nutre de buen gusto y que no es menos a razón de la modestia de su material. Su concepto y diseño, a cargo de Padilla y Rodolfo Loyola, tendrían que ser escuela o, en el último de los casos, motivación. Ni hablar de la portada: Cuadro negro y cuadro rojo de Kazimir Malevich. Vale la pena buscarlo.

…  

En SB

tremendo huevón

La tarde de ayer domingo se vio interrumpida por la última ocurrencia de Chiboliné du France, o ChdF a secas. Aunque llamar ocurrencia a su acto no es más que misericordia para calificar lo que a todas luces es una bajeza más del pequeño gigante del pensamiento progre nacional.
Un par de amigos me pasaron el dato sobre un insulto público de Chdf a Gabriela Ferrucci, conocida activista feminista del Comando Plath.
¿Qué error pudo cometer para recibir una mentada de madre del piquichón virtual de Verónika Mendoza? ¿Acaso le dio el reporte de ventas de su novela? ¿Le comunicó que ya pasó el Hay Festival o que es prácticamente imposible que dispute un repechaje para el próximo Bogotá 39? ¿A lo mejor la pequeña bestia se desató tras el último decreto de PPK: la prohibición de la venta de Elévate Shoes importados de Irán? ¿Qué pudo pasar en ChdF para portarse como lo que más crítica?
No nos referimos a una chispoteada producto de la resaca dominguera, sino a la cruda radiografía de una cucaracha que maltrata a mujeres y hombres que cometen el error de no pensar como él. El diálogo y la discusión no están en su agenda autopromocional, menos cuando esta se ve alterada por el señalamiento, en este caso la homofobia que no pudo disfrazar de molestia e indignación.
Te equivocas, corriges. Se te pasa la mano, pides disculpas. Eso es lo que hace la gente decente con capacidad de autocrítica. Eso es lo que hace la gente que en verdad reconoce su error y lo manifiesta en la misma dimensión de su ofensa.
Pero estamos hablando de ChdF, no nos olvidemos. Solo ChdF supera a ChdF: pidió disculpas, pero a su modo. Su gracia homofóbica sigue publicada y la mentada de madre a la activista también.
Esta pequeña bestia genera, una vez más, un espectáculo de corral en las redes a razón de sus ofensas (ojalá mostrara esa misma actitud matonesca con los editores estafadores a los que defiende, por ejemplo; pero a estas alturas ya sabemos sus objetivos: critica lo que le conviene). 
Su post, su insulto, su falsa disculpa y la renuencia a eliminar su post homofóbico son claras señales de la falsedad de su discurso progre. “Vete a la conchadetumadre”, sinapsis verbal dirigida a Ferrucci, activista que ha hecho más por el respeto a la Mujer que él en más de quinientos estados de Face. Este tremendo huevón nos ha brindado el insumo en que sustenta su postura de justiciero social: la incoherencia; también los elementos que conforman el andamiaje de la pequeñez de su alma. Incoherencia y miserabilismo, que al chocolatearse en el tazón de las abominaciones, nos arroja la mezcla de su nula autoridad moral para las causas justas.

domingo, enero 07, 2018


sábado, enero 06, 2018

ev

Mientras escribo el recuento literario, hago un alto para buscar un libro en los anaqueles de mi biblioteca. Escucho también a un crack: Michael Yonkers, o Michael Yonkers Band, que recomiendo. Lo pueden escuchar en cualquier plataforma. Volver a este capo ha sido una agradable fuga de las trágicas frivolidades nacionales, sean del ambiente literario y del contexto político.
El libro que busco no es otro que Fútbol es pasión de El Veco. Publicado en 2009 por Planeta. Ahora que lo reviso, pienso con cuidado en la sugerencia de una posible reedición, que podría ser útil, entre varios fines, para la nueva camada de deportistas deportivos, cada día más perdidos y confundidos: redactar bien no es lo mismo que escribir.
Con El Veco no hay mucho que discutir sobre su radiación como escritor en materia deportiva: él se encontraba en la cima y en el subsuelo todos los demás. Humor, inteligencia y sabiduría, elementos que no se notaban, la naturalidad ajena del exhibicionismo menor.
Hago algunas anotaciones en los márgenes de las páginas, algunos no son más que el refuerzo conceptual de lo ya escrito. Cada anotación al vuelo, manifestada en una horrible caligrafía nerviosa, es fruto de la lozanía que despierta la escritura del periodista uruguayo, llámalo oralidad, si gustas.
Un pata, con el que me encontré en la marcha del 25 de diciembre pasado, me habló de un texto que leyó del Veco. No es aficionado del fútbol, pero jamás olvidará el momento que lo leyó en un diario, como quien hacía hora para la marcha en la que participaría, en una de las muchas que organizaban los estudiantes de San Marcos en los ochenta. Aquel artículo deportivo repasaba la trayectoria del extremo izquierdo Óscar “Huaqui” Gómez Sánchez. 
Del Veco se dijeron muchas cosas, la mayoría malas. Felizmente la visión objetiva que depara el tiempo permite situarlo en un lugar de privilegio entre los grandes cronistas deportivos latinoamericanos, lo demás, pues vil maledicencia.

viernes, enero 05, 2018

ahora es

Buscas un café, al que sueles ir, pero al verlo lleno de gente, decides ir a casa, pero a los segundos recuerdas que un amigo te había pasado el dato de un lugar pequeño, quizá desapercibido a razón del comercio automotriz y el tráfico que suele formarse en la intersección de Arriola con Javier Prado.
Por la hora creí que no estaría abierto, pero igual caminé hacia él. Lo que necesitaba en esos momentos era un café que termine despejando mi mente luego de una tarde tan agotadora como gratificante. Como bien dice una querida amiga, “no hay peor gestión que la que no se hace”.
En el trayecto me puse a revisar las noticias de las últimas horas. De entre todas, la que copaba las portadas virtuales era la referente a la salida de Fujimori de la clínica Centenario.
Como señalé días atrás, los ciudadanos ajenos a consignas y colectivos que conforman el llamado antifujimorismo precisan de un líder que unifique todos los discursos en contra del indulto. Para los que hemos asistido a las últimas protestas, nos resultó evidente la falta de un liderazgo. Me sigo haciendo la misma pregunta: ¿esta desazón tendrá un líder idóneo? En otras palabras, no una mujer o un hombre intachables, sino alguien con la suficiente entereza moral capaz de recoger toda esta indignación, que canalizada y siguiendo una logística de protesta, bien puede petardear y mostrar al mundo entero la muerte política de un presidente que creyó haber heho el negocio de su vida. 
Conozco a varios que han venido preparándose toda su vida para una oportunidad como esta. El momento es ahora. Ojalá que en medio tanta cólera y tirrias justificadas, asome la presencia de una voz que sepa escuchar y transmitir lo que aún no expresa en su real dimensión la corriente del antifujimorismo.

jueves, enero 04, 2018


de paso

Lo bueno de llevar un blog es que puedes encontrarte con lectores de otras latitudes. Días atrás me escribió uno de Bolivia, en el que aparte de contarme que iría a las playas del norte del país con su novia, quería conversar conmigo.
Como Lima es solo una estadía fugaz, la reunión debía realizarse en estos días o a su regreso. Supuse que su retorno estaría marcado por el apuro, así que lo cité en el Sarcletti de San Borja, golpe de siete de la noche.
Faltando un cuarto de hora para la reunión pactada, apago la portátil y salgo de la BNP. En el trayecto a la puerta de salida barajé por una fracción de segundo no ir a la reunión, hasta albergaba la esperanza de que Mariano y Sandra, la pareja boliviana, tuvieran una demora en el tráfico de la hora punta. La razón: el entusiasmo no calzaba con el ánimo físico. Por una cuestión de comodidad, trabajo parado, jamás sentado. En esta postura tengo un mejor panorama de los datos a buscar, del mismo modo para realizar los apuntes respectivos. El libro saldrá en los próximos meses y el ritmo de trabajo se muestra mucho más relajado en comparación a anteriores semanas, pautadas por la adrenalina.
A paso rápido llego al Sarcletti y ocupo una mesa ubicada en la vereda. Pido un jugo de piña. Me tienta pedir también un sándwich de pollo, pero no es más que una costumbre, porque llevo semanas sin apetito por las noches. Me quedo con el jugo, por el momento. Vía wsp converso con una amiga sobre la frivolización que se hacen de ciertas causas justas en pos de la construcción de una imagen activista, o lo que se entienda por activismo. Ella me pregunta también por mi recuento y le digo que en la madrugada comenzaré a escribirlo. Creo, le cuento, tener las ideas claras sobre su enfoque.  
Miro el reloj. Siete y media de la noche. Reviso mi Inbox, como una última oportunidad de ver una señal del paradero de la pareja, pero nada. Pago el consumo pero una mujer me llama por mi nombre. Es Sandra. Mariano se encuentra pagando la carrera del taxi. Vienen de Barranco, no imaginaron el tráfico…
Le pregunto a Mariano por Víctor Hugo Viscarra. Su respuesta cumple con lo que sospechaba. En su momento tuve un libro de este narrador, Avisos necrológicos, pero sabía más de él por su leyenda, que desplazaba lo que en verdad tendría que interesarnos de un escritor. 
Cuando nos damos cuenta, un mozo del café nos anuncia que están por cerrar. Hasta ese momento no había visto la hora, señal de que la reunión valió la pena. Claro que sí.

martes, enero 02, 2018

¿perdonar y pasar la página?

Tenía planeado salir, o mejor dicho, estaba comprometido a hacerlo. Una caminata por La Punta y un almuerzo marino era la promesa, que terminé quebrando a razón de una ineludible maratón de Mad Max en Max Prime.
Volver a estas cuatro películas de George Miller fue un gran comienzo de año. Además se dio inicio a mis promesas por cumplir en el verano, en el que repasaré cerca de 200 películas, a razón de dos por día. Claro, este régimen no tendría sentido sin la disciplina que la sustenta y, en especial, él ánimo más relajado puesto que me encuentro en la etapa final de un libro que vengo editando.
La maratón comenzó a las 2 de la tarde y a las 8 de la noche acababa con Mad Max: Fury Road, que habré visto más de una decena de veces, siendo la última hace no más de un par de semanas. Por esa razón, la vi sin ver, carente de la atención que sí merecieron las películas precedentes. Debido a ello, aproveché para ponerme al día con algunos artículos de realidad nacional, pero también para ser testigo, una vez más, del privilegio que tenemos los lectores con tantos maravillosos opinólogos. En este sentido, uno no puede mantenerse al margen cuando hallas una entrevista al sociólogo Hugo Neira en El Comercio.
A Neira se le admira, de su bibliografía recomiendo Hacia la tercera mitad. Perú XVI – XX, del mismo modo el clásico Cuzco: tierra y muerte. Así es como tenemos que apreciar a este intelectual, en la dimensión de sus libros, no en la parcela acomodaticia de sus opiniones en entrevistas, en las que viene patinando como si fuera un primerizo. 
Nadie está en contra de la reconciliación. Sobre este punto surgido tras el indulto a Fujimori somos partícipes de más de una postura, siendo la ignorancia la base conducente de estas. Prefiero asumir el contexto de esa forma, de lo contrario pensaría en otra esencia de nuestro discurso nacional: la conchudez condimentada con insensibilidad. Sorprende ver cómo ha venido torciéndose la mirada social de Neira, prácticamente nos dice que hay que perdonar porque no nos queda otra, que el progreso económico yace en pasar la página. No tiene en cuenta que la reconciliación y el perdón están divorciados de los negociados y mentiras, con mayor razón cuando el responsable del indulto a Fujimori se mostró como un amoral al que no le importó, precisamente, el daño moral que le inyectó al país. Ni los que están en contra del indulto, ni los que están a favor de este, pueden estar de acuerdo en la manera en que este se dio. Ese amoral es un estadista para Neira.

lunes, enero 01, 2018


domingo, diciembre 31, 2017

repaso

Desperté temprano, pero me levanté hora y media más tarde. En ese lapso leí artículos de diarios locales y extranjeros, también avancé la lectura de una maravilla, una historia real que podría ser la biblia –si le damos una intención antojadiza— de cualquier movimiento feminista. Esta es: Tú no eres como todas las madres de Angelika Schrobsdorff.
Luego fortalecí un rato los brazos, del mismo modo la muñeca izquierda que amenaza con paralizar mi mano. Una vez dentro de la ducha vi mi futuro de las próximas horas, es decir, las actividades antes del recibimiento del nuevo año, recibimiento que siempre he asumido como una soberana cojudez.
Lo que me llama la atención de estos días son las cábalas. Cada quien tiene las suyas, algunas racionales aunque la mayoría ridículas. En ambas dimensiones percibo un valor, en el que se funden todas las posibilidades del capricho, como corresponde a los deseos.
No me gustan las cábalas consensuadas, de las que inevitablemente venimos siendo testigos. A saber, las prendas y objetos de color amarillo, indudable muestra de mal gusto, su imposición convertida en idiosincrasia. Ni hablar de las promesas a cumplir por mujeres y hombres, que según ellos llevarán a cabo el próximo martes, ya recuperados de la resaca. 
Si algo bueno percibo es precisamente nuestra extraña virtud nacional de temporada: la aparición de la autocrítica, el repaso de atrocidades y bajezas que no dudamos condenar a medida que se avecina la medianoche. Lo ideal sería que la autocrítica pase a la acción. Obviamente, no siempre ocurre lo que debería, pero la sola revisión de los excesos es un gran paso hacia la identificación del miserabilismo de cada uno, que se presenta como un pasadizo oscuro en dirección a la luz, algo parecido a una remota sesión de ayahuasca.

sábado, diciembre 30, 2017

merecer más

Anoche, tras la presentación de Ruidos de pasos de un gran criminal. Cuentos y pensamientos de César Vallejo y Las tres tragedias del lamparero alucinado de Zsigmond Remenyik, joyitas publicadas por Ediciones del Caxicóndor de Chile, y minutos previos al recital del evento, conversé con una talentosa joven escritora inédita. De lo hablado, una pregunta me dejó pensando, y no hay cosa que pueda agradecer más en estos días, en los que el país se está yendo a la mierda, que darle vueltas a inquietudes signadas por su apariencia pasiva, pero que detrás de esa apariencia mentirosa es posible hallar una realidad que pocos están dispuestos a aceptar.
El tema lo he tratado más de un vez, pero siempre es bueno volver sobre él, no con la intención de cerrar discusión, sino para encontrar otro aspecto de su situación: el nulo peso de los premios literarios en esta nuestra aldea cultural. 
Queda claro que los premios son importantes, sirven para dar visibilidad a autores y, dependiendo del caso, ayudan en lo económico. Hasta aquí, no hay mucho que objetar. Sin embargo, ¿cuál podría ser la razón para que muchos de los premiados no despierten el más mínimo interés de la crítica, ni de la prensa, ni de los sellos independientes y que, no suficiente con lo indicado, pasen desapercibidos para los lectores? Se ha hablado de los jurados y sus criterios valorativos, incluso del “jurado mantequilla” que realiza el filtro. Pues bien, sería saludable que comience a pensarse en el creador, en su oscura tendencia a alquilar su poética al tema de “moda” que exige el oficialismo de la concursografía y en la estúpida creencia de que un premio es sinónimo de consagración. Por eso vemos a tanto premiado alucinado que cree merecer más de lo que ya tiene, forjando un discurso lastimero ante el ninguneo de las grandes casas editoriales, lo que demuestra no un lícito afán de reconocimiento, sino una insultante angurria de fama.