viernes, mayo 25, 2018

philip roth



La narrativa mundial no solo está de luto por la muerte de Philip Roth, sino que esta no tardará en experimentar un vacío del que difícilmente vaya a poder recuperarse. Roth simbolizaba la tenacidad y persistencia en la escritura de ficción. No exageramos si afirmamos que Roth era la Novela, género en el que destacó al nivel de los más grandes del siglo XX, y a la que confirió de una profundidad temática cuando parecía que iba a perderse por los cauces de la acrobacia formal y el juego lingüístico. Para nuestro autor no existía estructura narrativa si antes no había dimensión humana, que desplegó en novelas tan distintas como El lamento de Portnoy y Pastoral Americana.
La partida de Roth duele porque lo asumíamos como un maestro que iba a ser eterno. En 2012 anunció que iba a dejar de escribir y que ya no haría más apariciones públicas. Para aquel entonces ya había cumplido gracias a sus novelas, cuentos y ensayos, canibalizando la dimensión judía norteamericana de la misma forma en que lo hicieron sus compatriotas Bernard Malamud y Saul Bellow, además, siempre mantuvo un apego por autores de Europa oriental, pensemos en el polaco Bruno Schulz, tal y como se manifiesta en  esa autorradiografía literaria llamada Lecturas de mí mismo.
Tuve la suerte de entrar a su poética gracias al primer título del Ciclo Zuckerman, La visita al maestro, en una añeja edición de Argos Vergara. Corría el año 1996 y recuerdo que las secciones culturales de diarios y revistas lo anunciaban como fuerte candidato al Nobel de Literatura. Bien sabemos que la Academia Sueca no le hizo justicia y que tuvo más de una oportunidad para premiarlo. A pesar de ello, sus lectores no nos lamentábamos. Razones sobraban: Roth era ajeno a esos caprichos.



adán


El pasado miércoles acompañé a una amiga al develamiento de una placa conmemorativa en la que fue la casa de Martín Adán, ubicada en el Boulevard de Barranco, en donde ahora funciona una pujante salsoteca, de ritmo cambiante de acuerdo a la exigencia del consumidor.
Para tal evento, se organizó una actividad cultural frente a la casa, en la que participaron gestores culturales y poetas del medio, que leyeron fragmentos de la obra de Adán, acompañados de una mágica ejecución de clarinete.
Un evento como este es fruto de la pujanza individual y el compromiso de un puñado de admiradores a los que no hace falta convencer sobre la importancia del escritor para la cultura peruana, cosa distinta para el barranquino promedio, asombrado del crecimiento inmobiliario que viene conquistando su distrito.
Barranco es un distrito concurrido, sin embargo, allí viven pocos barranquinos, según cifras no pasan de 60 mil habitantes, lo que en teoría haría viable un plan de concientización que asuma la riqueza cultural del distrito y así pueda defender su tradición ante los avances del supuesto progreso patentizado en el cemento.
Lo del miércoles es un claro ejemplo de lo que acabo de indicar: mucho seguidor de Adán, pero pocos barranquinos. En un país normal, un evento como este hubiese suscitado la concentración de, por lo menos, cientos de personas, o en todo caso una tendencia temática entre los vecinos, hablando de Adán sin necesidad de conocer su obra a profundidad, ya instalado como un nombre en el imaginario popular, tal y como ocurre con Vallejo. No es exageración: no son pocos los que consideran a Adán el poeta más grande del Perú.

miércoles, mayo 23, 2018

exponer el dolor


En la pasada feria de editoriales peruanas La independiente se presentaron varios títulos interesantes, de ellos destacó, y con mucha ventaja, El hijo que perdí (Anima del Invierno) de Ana Izquierdo Vásquez.
Hay libros que se anuncian con bombos y cohetones, refrendados por Likes y comentarios que posicionan al autor de ocasión como firme promesa, pero ya tenemos experiencia en estos asuntos para no caer en la trampa de la huachafada virtual: una cosa es el saludo plástico y otra la experiencia de la lectura, la que termina legitimando o no el entusiasmo precedente.
Si este primer libro de Izquierdo viene generando una identificación con los lectores, no se debe únicamente a la experiencia trágica que cuenta, sino también al grado de exposición que la autora hace de sí misma mediante un discurso sobre las enfermedades físicas y emocionales que han signado tanto su vida como la de sus familiares más cercanos. Esta cadena de vivencias ha sido asimilada en pos de lo que interesa para este proyecto: el peso revelador que sustenta el laconismo, la frase cortante en estado de gracia. No hablamos de oficio, que depende de la práctica, sino de honestidad expositiva, es decir, ser fuerte en la manera que puedes serlo, transmitir en el silencio. 
La brevedad de este testimonio exigía una estrategia narrativa que Izquierdo cumple en la mayoría de capítulos, sin embargo, hierra cuando pretende intelectualizar el dolor valiéndose de otros libros testimoniales que abordan el duelo, como si buscara una teoría de apoyo en la sola enunciación, innecesaria para su narración. Más allá de este reparo, El hijo que perdí se posiciona como un texto que va más allá de su condición, que no solo nos deja lo que pocas veces vemos, experiencia literaria, sino también una enseñanza de vida: la reconciliación del lector consigo mismo.

viernes, mayo 18, 2018

lum, otra vez


Para nadie pensante resulta novedoso que una de las obsesiones del fujimorismo es convertir el LUM (Museo de la Memoria) en un “restaurante” frente al mar. La razón es muy simple: este lugar representa lo que la política naranja quiere ocultar de su historia política en su lucha contra el terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA.
Por esta razón, aprovecha y se aprovechará de todas las torpezas que puedan cometer en este espacio, cuyos directores hacen (y han hecho) gala de una ingenuidad digna del ahuevamiento caviar, por no hablar de la desconexión que esta facción de parodia de izquierda proyecta de la realidad peruana.
Este museo ya agotó su tiempo de gracia, no estamos hablando de una entidad nueva que viene perfilando su política de manejo. Se supone que los problemas del LUM tendrían que ser otros, más ligados a la logística de sus actividades y servicios, no al discurso que este debe ofrecer de nuestra sociedad. Su mayor problema sigue siendo el mismo desde su creación: su falta de pluralidad, que felizmente no vemos en las exposiciones permanentes, pero sí en su material humano que acomoda lo sucedido en el país al antojo de sus convicciones ideológicas, lo que aparte de reflejar una soberana pendejada, revela también una condenable insensibilidad hacia las familias de los peruanos huérfanos de padres policías y militares. 
Valiéndose de este agujero moral, es que políticos cuestionados como el congresista Edwin Donayre, apelando a la metodología Mamani, arman trampas para reforzar su crítica contra este museo. No me gusta sintonizar con la impresión de la derecha ultramontana, pero lo sucedido días atrás (ver aquí) tendría que obligar a las autoridades pertinentes a filtrar el discurso ideológico que manejan los empleados del LUM. Cada quien tiene derecho a abrigar la ideología que prefiera, pero no imponerla como escudo de propaganda cuando nos referimos a una memoria teñida de sangre de miles de peruanos.

jueves, mayo 17, 2018

wonder boys


Hace trece años Sergio Galarza y Leonardo Aguirre inscribieron sus nombres en la historia no oficial de la narrativa peruana. Puñetazo y patadas del primero al segundo a razón de una reseña negativa. Sobre esta manifestación de afecto se ha dicho mucho y me quedo con el dictado del sentido común: se armó esa infantil gracia barrial contra el entonces vitriólico crítico literario.
Desde mediados de los noventa, Galarza es considerado un autor de culto a razón de su primer libro, Matacabros. A la fecha algunos cuentos de la publicación han sido llevados al teatro y adaptados como cortometraje. Sin embargo, lo que hizo después no me entusiasmó para nada, hasta que publicó el testimonio Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, libro medular que le permitió calibrar la vena emocional, poniendo en orden sus recursos narrativos, los cuales vemos en su buena novela Algún día este país será mío, en donde sus intereses temáticos están signados por la madurez, manteniendo la cualidad y consecuencia que lo ha identificado: como autor tiene mucho por decir y no son pocos los que se identifican con su propuesta.
En 2005 Aguirre se dio a conocer con un cuentario que algún editor tendría que rescatar ya: Manual para cazar plumíferos. Aquí están las señas que desarrollaría en sus seis incursiones, en las que transita por las parcelas del humor, el límite del lenguaje y la autorreferencialidad. De las plumas peruanas del nuevo siglo, es quien más reseñas favorables ha conseguido. No sorprende: sus acrobacias formales gustan a los críticos. Pero no a los lectores. Aguirre no tiene que demostrar que es un escritor talentoso, su tarea ahora es madurar y ser capaz de transmitir dimensión humana, ausente en Interruptus. El consejo, de bró: reírse e indignarse de sí mismo.



lunes, mayo 14, 2018

lunes peculiar


No lo vamos a negar: divierten las especulaciones sobre la extensión de la suspensión a Paolo Guerrero. Cada quien, desde su trinchera, hace suyo su derecho a la sentencia futbolera. Por un lado, quienes justifican la suspensión, subrayando la falta de profesionalismo de Guerrero, con mayor razón siendo un atleta de alta competencia. Por otro, el miedo que suscita su ausencia: el arribo de Claudio Pizarro. Entre ambos bandos: las declaraciones de Doña Peta en la mañana, quien aseveró que detrás de esta situación difícil para su retoño hay una conspiración para colocar en la lista de 23 al aún delantero del Colonia.
A medida que pasan las horas, la razón exige acto de presencia en este carnaval de impresiones. Entonces, uno se informa sin informarse, y al igual que miles, leo la reglamentación de la FIFA, que indica a las selecciones participantes que pueden presentar una lista previa de hasta 35 jugadores, partiendo de ella se escogerá a los que irán a Rusia. Si hay un convocado más, será a cuenta de algún lesionado, solo en esa situación. No sirve la suspensión para esto, lo que nos señala que ni Pizarro, ni Benavente, podrán ser parte de la próxima gesta deportiva, menos Lapadula, tal y como piden algunos subnormales en las redes sociales. 
Mientras tanto, al momento que bebo una botella helada de Aloe, pienso en la valentía de Doña Peta, quien no tiene cómo probar la supuesta mano negra que pretende perjudicar a su hijo, pero lo que dice no deja de sintonizar con una facción de la poblacional peruana, segura de la presencia de una mafia en la FPF, patentizada por el sinuoso Oviedo y las relaciones de poder de los Pizarro, que, entre otras perlas, en 2007 pretendieron poner al menor de la familia en la selección de los Jotitas que participó en el Mundial Sub 17 de Corea del Sur. Oré no se prestó a esa jugada. Bueno, tampoco había que pensarlo mucho, Diego Pizarro era malazo.

jueves, mayo 10, 2018

rescatar


En la tarde de ayer miércoles me pasaron un enlace, en donde se encuentra el audio del conversatorio Nuevas tendencias en la poesía peruana, organizado por el grupo Ánima Lisa. En dicho encuentro participaron Roberto Valdivia, Víctor Ruiz y Victoria Guerrero.
Quien quiera escucharlo, puede entrar aquí (eso sí, a tener en cuenta: sacar tiempo, subir el volumen (de fondo suena la salsa “Yo no sé mañana” de Luis Enrique) y preparar un termo de café bien cargado, porque el audio dura dos horas y media.
Llamó mi atención la intervención de Guerrero, que lanzó un dato que me sacó de órbita, el cual sirvió de despegue, especie de regreso al futuro de los años noventa. Cuando Guerrero se refiere a la poesía de aquella época, menciona a Montserrat Álvarez, voz fundamental que publicó un poemario titulado Zona Dark (1991).
Solo he visto tres veces este poemario. Como muchos, lo he leído en fotocopias. Recuerdo el impacto que generó su publicación, resonancia en la que colaboró la propia Álvarez mediante manifestaciones extrapoéticas. Sin embargo, poses de lado, lo que importa es la indudable vigencia del libro, de los caminos que este podría ofrecer en la actualidad.
Días atrás un buen amigo me enseñó la única edición del poemario, que acababa de comprar en Internet. La mágica extrañeza hizo acto de presencia y también destapó el oculto deseo de ver una nueva edición del mismo. 
Ahora es mucho más fácil reeditar y rescatar libros de poesía peruana, los cuales reclaman una presencia que se imponga en la fuerza del texto. En este sentido, sorprende que a ningún editor independiente local no se le haya ocurrido ponerlo otra vez en circulación. Estamos ante una de esas raras apuestas poéticas que no solo garantizan agudos y positivos comentarios críticos, sino también ganancia, o en el menor de los casos una recuperación de la inversión.

miércoles, mayo 09, 2018

moh


Aunque solo una es una obra maestra, los episodios que conforman la serie Masters of horror bien podrían servir de manual narrativo, por lo menos. Del mismo modo como acicate para algún creador en pleno bloqueo mental, o como bien dicen: el hiato del cerebro seco.
Escapa a mi memoria la fecha exacta que la vi por primera vez, aún no se subían las historias a Youtube (ahora puedes encontrar la mayoría), y solo las podías ver por canales de cable. Un buen amigo, amante de la temática de horror, fue quien me habló de esta serie, a mediados de la década pasada, y que contaba con directores como John Carpenter, Dario Argento y Joe Dante, entre los más conocidos.
Cigarettes Burns (o El fin del mundo en 35 mm) de Carpenter, me significó no solo un descubrimiento, sino también un punto más a favor de contar historias partiendo de elementales componentes inventivos. Se trata del episodio que más veo de la serie y el que me sirve de recomendación, o llámale puerta de entrada, para todos aquellos aún presos del prejuicio que consideran deleznables estos trabajos, por el solo hecho de que sus directores pertenecen a la segunda división de la industria del entretenimiento audiovisual. Como fuere, gracias a este episodio no solo me volví hincha de MOH, sino también fue el inicio de mi admiración hacia toda la filmografía del director.
También descubrí autores que, sin ser la gran cosa, cumplieron con relatar una buena historia, entretener sin caer en el lugar común, pienso en Valerie on the stairs de Mick Garris, que tranquilamente podría gustar a cuanto literatoso local. 
En lo personal, no me hago problemas con mostrar mi apego por esta clase de trabajos. En su obvia sencillez encierran una epifanía mediante el miedo y la imaginación trastocada. Hay pues realismo sin ser tal, más o menos en onda a lo que David Roas sostiene en su imprescindible título Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, que el interesado tendría que conocer para reforzar más su naciente/trajinado inclinación por el horror y sus derivados.

domingo, mayo 06, 2018

lc


Entre las películas que no me canso de recomendar del francés Léos Carax, quizá su más polémica: Pola X (1999).
Ya perdí la cuenta de las veces que la he visto y volví a ella en esta madrugada tras leer una novela peruana que me mató de aburrimiento. A lo mejor, este interés por buscarla entre mis películas se debió a que en estos días he recibido extrañas señales sensoriales que me remiten a un trabajo suyo peculiar, Holy Motors (2012).
A Pola X le tengo mucho cariño. Fue la primera película de Carax que conocí en una tarde noche en la Filmoteca, cuando esta era tal en el Museo de Arte y no en lo que se ha convertido ahora en el Ccpucp.
Nunca ha llamado mi atención el “malditismo” con el que se asocia a Carax, en ese sentido la prensa y la publicidad han hecho su trabajo y el francés no ha sido extraño a esos favores de la promoción, colaborando aún más en su leyenda de enfant terrible.
Esta película sigue perdurando debido a la extrañeza de sus componentes estéticos ligados a la imperfección formal. Las líneas argumentales (basadas en el relato “Pierre o las ambigüedades” de Herman Melville), relacionadas al incesto, han ido perdiendo luz, imponiéndose la brutal configuración de sus protagonistas alucinados, del mismo modo algunas escenas, a saber, la de una orquesta ensayando en una fábrica abandonada, cuyos sonidos arcaicos vienen acompañados por aves de corral que se pasean por entre el director y músicos. 
El caletismo ilustrado no fue lo que me llevó a ver la película, sino más bien una motivación más frívola que considero justificable: en aquel entonces acababa de ver los primeros trabajos de Polanski, siendo Repulsion el que se había posesionado de mi juvenil mente influenciable, sea por el argumento, la carga tanática de las atmósferas y, obviamente, Catherine Deneuve.

jueves, mayo 03, 2018

la independiente


El éxito de la segunda edición de la feria de editoriales La Independiente se debió a que superó el mayor error de la primera: ahora hubo una logística eficiente de comunicación que promocionó los eventos desarrollados a lo largo de sus nueve días. Los lectores pudieron ver atractivas presentaciones de libros, como El hijo que perdí de Ana Izquierdo Vásquez, Rebeliones inconclusas de Jeyme Patricia Hellman, La tarde de toros, reedición de la primera novela de Óscar Colchado, la Biblioteca Abraham Valdelomar, Cambiando el futuro de Diego García-Sayán y, sin exagerar, muchas más. Del mismo modo, hay que destacar la presencia de la reconocida colombiana María Osorio, que brindó talleres que revolucionaron la visión editorial de los asistentes.
También gratificó ver a Silvia González, presidenta de Editoriales Independientes del Perú. Hacía falta una voz comprometida que nos haga olvidar los proyectos gremiales que en la década pasada brillaron por la demagogia, la ociosidad, el lustrabotismo estratégico y la nula capacidad de gestión.
Los sellos limeños y de provincias que participaron fueron convocados previa postulación. Hace más de un mes conversé con los encargados de la Dirección del Libro y la Lectura del Mincul sobre la urgencia de proyectar transparencia en nuestro circuito editorial independiente, sugiriéndoles informarse a fondo del mismo, puesto que durante años viene siendo cuestionado por falta de decencia y una persistente informalidad. Por ello, sorprendió toparme con “editores” famosillos por estafar a autores y no con Julio Isla Jiménez de Alastor. Isla trabaja mediante la autogestión, dicta talleres y es reconocido por libreros, autores y lectores. Postuló a La independiente con los dos tomos de la antología del romanticismo francés Los hijos del limo, además, en los días feriales publicó El sentido americano y universal de la poesía de César Vallejo de Antenor Orrego. Librazos, ¿no, señores?



de oportunismo


Más allá de si me agraden o no los Humala, resultaba repulsivo verlos víctimas de un sistema judicial que los había condenado a prisión preventiva cuando en otros casos, aún más graves que los cometidos por la ex pareja presidencial, no se aplicaba el mismo criterio legal.
Hubo, pues, un abuso. Y en ese abuso se esgrimieron todos los discursos inimaginables de los ayayeros de Nadine Heredia, la protagonista de esta historia, en la que estos hueleguisos tienen puestas sus futuras esperanzas políticas o, en todo caso, la vigencia de su círculo de poder. No así en el esposo, que no solo está acusado por el caso Odebrecht, sino que también pesan sobre él serias acusaciones de violación de derechos humanos.
Esta estratégica apología de la corrupción viene a cuenta de nuestras mentes más privilegiadas del guachimanismo virtual, esos pequeños seres atentos al comportamiento avieso de la platea, listos para el verbo y adjetivo denigratorios a quienes se atrevan a poner en duda sus palabras esgrimidas desde las tierras celestes de la superioridad moral. Veamos pues a Gustavo Faverón, que desde hace rato ya hizo méritos para ser catalogado de Intelectual barato, y no por lo que todos ya sabemos (que las feministas se encarguen de apalearlo por sinverguenza), sino precisamente por la bajeza que supone su defensa de Heredia, que se delata en su doble rasero: el discurso político con mis amigos, y la moralidad y exigencia de la ley para los que no lo son o, lo que es peor, para quienes no me caigan bien. Por ejemplo, esta perla de la estupidez: aseverar que Heredia es víctima de un plan del fujimorismo para sacarla de la carrera política es de una gratuidad reñida con el sentido común (solo coge la información que le conviene). Hay que ser responsable cuando se ejerce una opinión y esta clase de dislates poco favor le hacen a su ya maltratada imagen: la triste realidad sobre los saludos virtuales. 
Bien lo da a entender Vargas Llosa en El pez en el agua: el intelectual barato es aquel que naufraga en las acequias del oportunismo.

lunes, abril 30, 2018


sábado, abril 28, 2018

silencio


Ya lo he dicho más de una vez, las redes sociales son como bares, que como tales, albergan a las mentes más maravillosas del lugar común, a los dueños del pensamiento inmediato. No es para menos, quien no manifieste su punto de vista sobre la sucesos que marcan tendencia, queda relegado de la platea, conformándose con escuchar a los demás mientras picas las canchitas que quedan en el pote. En este sentido, ningún tópico se salva, todos son “comentables”, mientras más sonados, mejor para el emisor de ocasión.
Ante la tragedia ocurrida con Eyvi Ágreda, solo queda el silencio y luchar por una condena justa para el miserable que la quemó en un bus de transporte público.
Pero silencio es lo que menos podemos esperar de mujeres y hombres en este país de fierro, catre y botella. Prácticamente todos comentan el caso, la queja resulta ser el pretexto para llevar de contrabando la agenda política, el discurso ideológico, o simplemente el mero hecho de aparecer.
Que la sociedad peruana trata mal a sus mujeres, vaya qué novedad. Que estamos en un patriarcado y que la justicia protege a los agresores e incentiva el feminicidio, ya es moneda corriente.
Cada día estoy convencido de que este maltrato sistemático se reducirá cuando se sepa honrar en las cosas pequeñas los grandes discursos. Eso es lo que veo, a puro huevonazo/huevonaza que pregona defender a la Mujer siempre y cuando haya aforo, pero que se desentienden cuando los agresores son aliados, amigos o amigos del enemigo. Esto en cuanto a quienes se autodenominan la reserva moral e intelectual del país. 
Ha sido en los sectores que carecen de una formación letrada en donde he podido ver una postura crítica y real con lo sucedido con Ágreda. La condena y también el silencio.

viernes, abril 27, 2018

el rey


Días atrás presenté con Jorge Valenzuela y María José Caro la antología King. Tributo al rey del terror, publicada por la editorial Casa Tomada. Mientras leía mi texto de presentación, me fue imposible no tener en cuenta el camino que debió recorrer la obra de King para ser considerada una poética atendible para la crítica. 
En lo personal, no tendría problema alguno con que se le conceda el Premio Nobel de Literatura. King ha hecho lo que casi nadie por la lectura: forjar millones de lectores mediante historias que estremezcan y conmuevan. No hablamos únicamente de terror. Su proyecto tiene muchas capas simbólicas y metafóricas que recién están siendo asumidas con seriedad. Además, sus lectores comparten un lazo común: la desigualdad generacional. 
Pienso en la recepción de sus libros en nuestro pueblito literario en los noventa: el norteamericano era visto como un autor basura, un estafador de la ficción, un ridículo metemiedo, un prescindible hacedor de divertimento. Recuerdo el asco de la academia sanmarquina, como también la del fundo Pando. Y ni hablar de los escritores y remedos de tales, a excepción del subvalorado José B. Adolph quien, dueño de una personalidad de hierro, declaraba su admiración por él ante la conmoción de los puristas que no podían aceptar como influencia a un autor que no fuera canónico. 
De los títulos de King que recomendaría a los noveles y atarantados en el tráfico de la famita barrial, sin duda estaría este: Mientras escribo, considerado como un breviario del proceso de la ficción. Además, el libro brinda las señas que te convertirán en el escritor que puedes ser y no en el autor que sueñas. Este librito, bien leído y estudiado, puede curar a cualquiera de la soberbia, indiscutible característica de autores de alma chiquita que ya no tienen nada que decir.

… 


martes, abril 24, 2018

autoficción


El término autoficción es uno de los más manoseados por los escritores, y no solo peruanos. Basta recorrer la web para aseverar esta impresión. Lo que sorprende, aunque no debiera ser así puesto que muchas de las maravillosas plumas latinoamericanas no leen, es la etiqueta de novedad que se le pretende endilgar a un modo de narrar que podemos rastrear en poco más de seiscientos años, pensemos en El lazarillo de Tormes.
A cuenta de lo leído, nos decepcionamos de lo que venimos leyendo en cuanto a esta categoría que, bien entendida, podría ofrecer no pocas posibilidades expresivas en el terruño narrativo. Notamos, para empezar, su ausencia de humor, su falta de soltura narrativa, ni hablar de los personajes. Por ejemplo, la narrativa peruana del nuevo siglo, que ha mejorado en escritura (si la comparamos con lo que se escribió en la década del noventa, de la que solo sobrevive un puñado de títulos), pero que ha caído en el conservadurismo. Ya lo dije en un artículo en Caretas y lo digo ahora tras la lectura de la novela episódica El bizco de la calle Roma de Luis Freire Sarria.
En otro momento comentaré este libro, pero lo que ahora quiero destacar de ella es su naturalidad expresiva y la disposición de su autor para la humillación festiva de su personaje. En estas páginas hallamos el registro en el que FS asienta su prestigio, pero también una frescura entre tanta propuesta señorial llamada autoficción. La novela tiene lo que muchas no, hasta podría decir que se escribió sin ánimo histérico, a años luz de la pontificación y del recuento vital soporífero. 
En algún momento se entendió mal esta vertiente, lo que dio paso a una corriente narrativa de la que hemos visto lo obvio, no lo que esta podría brindar si se escribe sin pensar en el otro. No pensé traerlo a colación, pero el fallecido Carlos García Miranda lo dijo alguna vez: “se usa la autoficción como mera terapia, no como riqueza literaria”.

incongruencia


Así como no hay escritor que acepte que su último libro pueda ser malo, mucho menos aceptará que este no se esté vendiendo.
Lo primero es cosa conocida, no es exclusividad de estos tiempos de redes sociales, en donde hasta las plumas más deficientes pueden tener una fiel portátil que les haga creer que no es verdad lo que el sentido común y el buen gusto desaprueban. Si hago un ejercicio de memoria, son pocas las veces en que un escritor me ha aceptado que determinado título suyo es flojo. Toparte con talentosos incomprendidos resulta una experiencia inevitable, si gustas llámalo destino. Ahora, viendo el asunto como forzado consuelo, todo circuito literario está poblado de estos especímenes, desde Barcelona a Sri Lanka, de Munich a la Linterna verde.
En lo que no sirven las portátiles, menos las argucias técnicas del discurso: la verdad del lector, aquel que se acerca a las librerías con el objetivo de llevarse un libro.  
Cruda realidad si la comparamos con las campañas promocionales que más de una pluma realiza desde las redes sociales. En mi experiencia, ahora enfocado en la realidad del circuito local, solo he visto cuatro casos en los que el saludo del Like, o el pase del rebote, ha calzado con el aprecio del lector. La incongruencia termina alterando el alma del creador ante una realidad que lo posiciona como un semillero que no duda en optar por la malcriadez, pero una especial, digna de estos tiempos del “parecer”: el discurso que denuncia a las fuerzas especiales de la extrañeza: mafias, argollas, amiguismo. Esta malcriadez no es exclusiva del autor fichado por un sello independiente, menos por un autogestionado, en este cambalache también hacen su aparición las plumas de los llamados sellos poderosos. En el ninguneo del lector yace también su solución: no subestimarlo.

lunes, abril 23, 2018


rescates


Tras un domingo dedicado al buen dormir, me puse a leer algunos artículos de los diarios locales, de los que me gustaría recomendar este de Carlos León Moya sobre Junot Díaz y este otro de Alonso Cueto sobre Sergio Pitol.
Luego del desperezarme, y tras el bendito duchazo, me puse a hacer algunas anotaciones, impresiones al vuelo sobre algunos libros y películas que he consumido en estos últimos días, como esta suerte de artefacto literario llamado Doble fuga de amor y muerte del francés Jean Legrand. Me resisto, pues, a catalogarla de novelita, menos de poemario.
Legrand fue el fundador del Sensorialismo, entre 1929 y 1950 llevó a la práctica las bases de su movimiento, pero sin el impacto esperado. De lo contrario, sabríamos algo de él, tendríamos información marginal que nos diera un poco de luz, a duras penas sabemos que era catalogado de maldito y oscuro. Incluso fue todo un desconocido para el círculo cultural francés, hasta que un editor decidió publicar este libro rotulado de novela. Desde el 2013 circula la traducción al castellano de Manuel Arranz, gracias a la editorial española Periférica.  
Esta lectura sucedió en su momento, puesto que días atrás, a manera de seguidilla temática pautada por el azar, el tema de los rescates literarios me fue compartido por amigos y conocidos relacionados al mundo editorial. En cada una de estas “reuniones”, títulos de autores no muy conocidos se hacían presentes. En lo personal, no dejaba de pensar en posibles rescates (no como compendio) de Peces de betún de Mercedes Delgado y El arte de olvidar de Vicente Azar. Obviamente, hablo de títulos ubicados por el lector peruano enterado, desconocidos para la gran mayoría. En esas conversas, debido a mi tendencia a la distracción, se me pasó traer a colación la referencia a este artefacto de Legrand, cuyo título no fue rescatado, sino descubierto, es decir, como autor fue extraído del inminente olvido, leerlo me supuso toda una revelación en cuanto a la bella extrañeza de su propuesta, debido al peso, fragilidad e incomodidad de su lenguaje.

viernes, abril 20, 2018

descuido


Uno de los más alarmantes descuidos de la sociedad peruana en lo que va del siglo XXI, ha sido el laxo discurso sobre lo que fue el terrorismo para esta. Aunque joda, no se puede negar la nula percepción que tienen los más jóvenes sobre los hechos negativos y sangrientos que llevaron a cabo Sendero Luminoso y el MRTA entre 1980 y 1993.
Ahora que vemos a los cabecillas del terror fuera de las cárceles, sin haber mostrado la más mínima señal de arrepentimiento por sus actos, uno se pregunta qué se hizo al respecto para aniquilar en el discurso una postura que aún sigue teniendo injerencia en ciertos segmentos de la sociedad peruana, sin importar lo minúsculas que estas sean. En una sociedad responsable, que respeta a sus civiles y militares masacrados, el asunto del terrorismo debió ser superado, pero no ha sido así, y eso es lo que preocupa, sobre todo cuando algunos tarados comienzan a llamar a sus cabecillas presos políticos, revolucionarios que lucharon por un país mejor.
Entre las manifestaciones contra las últimas resoluciones del Poder Judicial, veo a los llamados cavernícolas de la derecha quejarse ante lo que ha sido una decisión legal discutible. Veamos pues el abrazo entre Morote y Abimael Guzmán tras conocerse la detención domiciliaria para el primero, toda una metáfora de la conchudez y símbolo de férrea desconexión de la realidad que refuerza sus “convicciones”, peor cuando vemos a sus abogados en declaraciones a la prensa pidiendo que no se les llame terroristas.
Lo que fastidia más es que la torcida ideología senderista es un discurso que puede horadarse, no hay mucho que pensar al respecto cuando tenemos una postura que jamás gozó del favor de la población. Esta tarea debió realizarse desde los colegios y las universidades, confrontando la situación actual (para nada una maravilla) con el contexto que vivió el país en los ochenta. Aquí hay una responsabilidad estatal, del mismo modo una dejadez en todos los gobiernos de la etapa democrática. No hubo una política del recuerdo. 
¿Y qué hacen al respecto nuestras luminarias de izquierda? Fácil: condenando los ataques en Siria, ya los quiero ver en Damasco a estos huevones.

jueves, abril 19, 2018