martes, agosto 22, 2017


aclaración / "lpi"

Cuando el Blogger reseña un libro que nadie quiere reseñar.
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Pero antes de la reseña, algunas aclaraciones necesarias, cosa que nos situamos en el espacio-tiempo-histórico del post:
El autor de la novela a comentar no es para nada santo de mi devoción y yo tampoco lo soy para él. Entre las no pocas diferencias, una esencial: yo no practico el oscuro arte del bombardeo virtual a los amigos y conocidos en común: mensajes de Inbox, mails y cuanta maravilla exista del sentimiento menor (“¿por qué presenta tu libro?”, “no deberías ir a las charlas que organiza”, “¿cómo es posible que lo tomen en cuenta en eventos importantes?”, et al). Si el aludido quiere pruebas, pues que las pida, cosa que permito que eso suceda.
Por otra parte, cada vez que me he referido a él, lo he dicho en este espacio, y la opinión ha sido la misma fuera de los terrenos líquidos. Y si alguna vez se ha sentido ofendido por llamarlo “Chibolín” o “Chiboliné du France”, pues las disculpas del caso. De él depende que no lo vuelva a llamar “Chibolín” o “Chiboliné du France”.
Ahora, el autor sabe que los libros, una vez publicados, toman sus propios caminos. No vale forzar su valoración –cosa distinta a su presencia (entrevistas y notas promocionales)– porque los lectores no son idiotas, se dan cuenta. En el caso de su novela, todo indica que la lectoría ya sentenció: no se ha vendido como esperaba.
Pero así la novela sea un fracaso en ventas, ello no debe impedir su comentario. No lo vamos a negar: el reseñismo local ha pecado de mezquino, puesto que se trataba de una novela a valorar, así sea buena o mala. Razón no falta: su autor es dueño de una trayectoria imposible de obviar.
Hasta aquí, las aclaraciones.
Lo leído no es parte de la reseña.
No te perihuevees.
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Empecemos: La procesión infinita (Anagrama, 2017) es un buen reflejo del dominio de su autor en el ejercicio narrativo. En este sentido, poco o nada habría que objetar a su estructura, menos a su argumento, lo que beneficia al lector (no necesariamente uno entrenado), porque es partícipe de una lectura rápida. Sin embargo, sabemos que la lectura rápida de un libro de ficción no necesariamente nos lleva a la experiencia literaria.
Y eso es precisamente lo que le falta a LPI: sustancia literaria, o llámalo epifanía.
Estamos ante una novela compleja que falla en su tratamiento. En este punto, señalemos como su mayor lastre su forzado discurso político, que en lugar de apelar a la metáfora, hace uso de una directa presentación de la historia política peruana última, en especial, a las secuelas dejadas por la dictadura fujimorista. Bien sabemos que el discurso político ha estado presente en los últimos años en nuestra novelística, con resultados para todos los gustos.
En no pocos tramos, LPI nos depara la impresión de estar asistiendo a una clase acelerada de historia política contemporánea. Si el autor hubiese administrado bien la furia de la denuncia política, y vaya que lo pudo conseguir con sus protagonistas Francisco y “El Chato”, en las referencias sobre Cayetana Herencia y también por medio del curioso Pocho Tenebroso, quizá estaríamos ante una novela al menos aceptable.
En estas páginas hay furia, pero no furia bajo la sombra literaria. La novela, además, cae en los pantanos de la inverosimilitud, cosa que sorprende en un autor que ha hecho de la calle un mundo que domina (lo intuimos a cuenta de sus declaraciones). Una pequeña muestra: llamar Av. 9 de Julio a la histórica Av. Paseo Colón (no hay que fiarse de Google Maps). Partiendo de este ejemplo, al que sumamos el ya señalado forzado discurso político y la plástica configuración moral de sus dos personajes centrales, podemos tener sospechas razonables sobre la pretensión del libro: que fue escrito para un público no peruano. Al respecto, me es imposible no pensar en algunas novelas peruanas que dialogan con LPI en política y violencia, mas estas supieron mantenerse fiel a la realidad de su contexto, novelas que también han sido editadas y saludadas en el extranjero, como Grandes miradas de Alonso Cueto, Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz y Los niños muertos de Richard Parra.
Indiquemos que sus errores/horrores suceden hasta poco más de la mitad. Es necesario consignar esta información, porque a partir de allí la novela transita por una calmada furia por la que considero debió empezar. De esta manera, hubiésemos apreciado su influencia mayor, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño (ver los pasajes sobre los escritores peruanos residentes en Francia y la visión coral de la novela, entre los lazos más visibles), no hubiésemos tenido problemas con los microcosmos emocionales en conflicto de Francisco y “El chato”, hubiésemos asimilado lo relatado sobre el legado moral del fujimorismo, y claro, hubiésemos considerado el peculiar caudal verbal de Pocho Tenebroso.
Expliquemos mejor lo que pasó, en términos futbolísticos: un partido entre los equipos A y B. Comienza el partido. El equipo A se lanza al ataque de su par B. Este equipo adelanta sus líneas, quiere asegurar el partido antes del primer cuarto de hora. Para tal fin, lleva a cabo un brutal despliegue físico, pero sin orden, sin estrategia; entonces el equipo B, a ritmo de entrenamiento, aprovecha los espacios dejados por A… Acaece lo inevitable: las pepas de B: 1, 2, 3, 4, 5 y 6. Para el segundo tiempo, el equipo A sale más calmado. Sus jugadores saben que es posible el milagro. “Por algo esto es fútbol”. Dominan el juego, pero están lejos de anotar el gol de honor. Pitazo final.
Dueño de una obra compuesta por dos cuentarios, un ensayo (Copé, 2016) y tres novelas, que pueden o no gustar a los lectores, el libro de ficción que nos convoca significa para este escritor el más flojo de su trayectoria. 
Y para acabar, en este post le sugiero el camino a seguir en sus próximos libros de ficción. Ojalá haga caso.

sábado, agosto 19, 2017

madurez y oficio

Entre los libros de ficción que me deja la última edición de la FIL, uno llamó gratamente mi atención: el cuentario Incorruptos (Montacerdos, 2016), de la crítica y escritora chilena Carolina Melys.
Su lectura –lo pueden intuir los seguidores del blog– me confirma el buen momento que atraviesa la narrativa chilena, cosa que me alegra porque pensaba que el asunto corría el riesgo de experimentar una natural desaceleración. A diferencia de otros libros de ficción chilenos, percibo en la autora no solo seriedad de oficio, sino también madurez, que se reflejan en la fuerza de su tema y en la funcionalidad de su estilo.
Obviamente, no hablo de un libro perfecto, sin embargo, todos sus cuentos exhiben un nivel a celebrar. De los cinco cuentos (Las historias que nos contamos, Fragmentos de una higiene doméstica, Uniformes, Como un rey y el que titula la publicación), hallamos dos que sobresalen, el primero y el último, destaquemos del mismo modo el tercero.
Si hay un tema (literal y metafórico) que viene siendo muy abordado en la narrativa latinoamericana actual, ese tema es precisamente el de la muerte. En este sentido, Melys lo aborda desde la condición de la enfermedad, el cáncer, que vemos en todo su esplendor en los cuentos que acabamos de celebrar. En el primero, el duro viaje interior de la despedida y en el segundo el reconocimiento, ambos en relación a la figura del padre. En Fragmentos… y Como un rey, la autora nos brinda un acercamiento a las secuelas de la dictadura de su país, mas hubiésemos preferido un desarrollo más extenso a cuenta de que sentimos que los argumentos pecan en la ansiedad de su cierre; cuestión aparte, quizá algo ajeno del hilo temático del conjunto, Uniformes se nos revela como un fresco de la adolescencia noventera, en donde el hecho de parecer no solo es el camino a la aceptación colectiva, sino que acarrea duras consecuencias, tal y como lo vemos en la adolescente mormona que protagoniza el cuento. 
Líneas atrás indicamos que Melys exhibe madurez, cualidad que no podemos dejar de saludar en un primer libro. Más allá de sus evidentes logros literarios que ubican desde ya a su autora en la órbita de la justificada expectativa, también se desprende de la publicación un mensaje a considerar para los (muchos) autores que quieren publicar ya: no caer en la desesperación, los libros salen cuando tienen que salir.

viernes, agosto 18, 2017


vanidad

Hoy en la mañana, caminaba hacia San Borja, en dirección a la BNP. No recuerdo si fumaba, pero mis pasos eran lentos y deseaba cuanto antes no pocas tazas de café. A medida que me acercaba a la BNP, por la Av. De la Poesía, de la nada hace su aparición, saltito mediante, Agustín, quien a lo mejor estaba escondido detrás del frondoso arbusto ubicado al lado de la caseta de parqueo de bicicletas.
Agustín me saluda emocionado, como si nunca me hubiese visto; quizá su actitud era una manera de lavarse la cara luego de días de esmerada práctica como comentarista en este blog. No le digo nada, no tiene sentido llamarle la atención, además, como reza el dicho: no todos han tenido tu suerte.
Pese a sus desvíos emocionales, reconozco cierta inteligencia en este joven de alma avejentada. Por ello, dejo que me acompañe y él aprovecha en hacerme una pregunta: ¿por qué muchos escritores peruanos dicen que no existe crítica literaria en nuestro medio?
Su pregunta se asocia a ciertas impresiones escuchadas también por mí en las últimas semanas. Entonces, presto atención a su inquietud y enciendo un cigarro. Agustín se manifiesta expectante ante mi respuesta, pero esta no es para nada abstracta, puesto que la queja nace de la fuente de todos los males: la vanidad, o la vanidad dañada.
Más allá de la calidad/deficiencia de la crítica (eso lo podemos abordar en otro post), a los escritores les gusta aparecer reseñados. Lo peor que le puede pasar a un escritor es no ser tomado en cuenta. No existir es peor que una reseña negativa. A partir de esa realidad se tejen las más risueñas conspiraciones o, como viene ocurriendo, la puesta en escena de una coreografía de relaciones. En este juego de vanidades no hay filtro: puede ser partícipe el escritor más discreto, como aquel que es premiado y reconocido. Por esa razón, somos testigos de efímeros aparatos críticos, también de escándalos sociales causados por el letraherido que siente que merece una porción más grande de torta (¿de qué me vale ser premiado si nadie me empelota?, se lamentan). Y los más arriesgados, carcomidos por la impotencia causada por el ninguneo, se quejan de su poca resonancia ante los mismos editores de los medios.
El buen Agustín queda en silencio, cubriéndose el rostro. 
Así es, rareza, esta es una cuestión de vanidad. Podría explicarte más, pero ya tengo que entrar y debo regresar a casa en unas horas, pero si gustas, otro día quedamos y seguimos hablando, le digo. Agustín salta de alegría y me pregunta qué otro día vendré a la BNP. No estoy seguro, a veces dejando un día, aunque por lo general vengo a diario. Solo te pido que no me asustes, de la nada apareciste haciendo ese saltito. Pero antes de irme, tengo una curiosidad: ¿estabas detrás del arbusto ubicado al lado de la caseta de parqueo de bicicletas, no? Agustín baja la mirada, respira hondo y se franquea: no, estaba detrás del tacho de basura, ubicado al lado del baño químico.

jueves, agosto 17, 2017

espiral de palabras

La algarabía que viene generando la narrativa peruana en los últimos años —de la que somos testigos mediante una variopinta gama de discursos, como los entusiastas, los veraces y los demagógicos— ha opacado la atención sobre la poesía que se viene escribiendo. Asistimos a una suerte de eclipse que no solo afecta a las nuevas voces, sino también a autores con trayectoria. Claro, se dirá que la narrativa siempre ha gozado de mayor luz que la poesía, pero pensar así es ceñirnos a la realidad distorsionada de que el libro solo se justifica en su condición de mercancía. Peor: es darle la espalda a la tradición literaria peruana, cuya riqueza le debe absolutamente todo a su poesía. En esta desatención podemos hallar a varios (¿involuntarios?) responsables, en este sentido, me es imposible no pensar en la prensa cultural, atontada y extasiada con la novedad narrativa.
Los lectores de poesía peruana hemos venido percibiendo que algo ha estado ocurriendo en los últimos tres lustros. Sobre lo que ha venido ocurriendo se ha especulado mucho, pero quien escribe prefiere ver la situación como un necesario silencio en el que se han reforzado poéticas, como también la desaparición de algunas. Lo peor que le puede pasar a un poeta no es ser un mal poeta (la ley se aplica a todos: nada está dicho hasta que te mueras), sino enfrentarse al horror de la verdad: que la práctica poética jamás fue lo suyo.
A inicios de año publiqué mi recuento literario de 2016, en él escribí lo siguiente:
“Pero algo ocurrió este año, algo que hará callarse por muy buen rato a los críticos de la poesía peruana última (me incluyo), algo que no deberíamos calificar de milagro, mucho menos de suerte, porque ni la suerte ni los milagros suceden en conjunto. En este sentido, hago un llamado a preservar en nuestra memoria este 2016 como un año en que los nuevos poetas se sacudieron de la mediocridad y de la posería escénica. Se concentraron en lo que importa: sus textos.”
Cuando hablamos de nueva poesía peruana, nos referimos a la escrita y publicada a partir del 2000. En este arco de tiempo hemos visto de todo. Fuimos testigos de contadas consolidaciones, pero no pudimos ser ajenos a los espectáculos del parecer poeta, que terminó distrayéndonos de la verdaderos poetas. Ante ello, la obra poética de Paul Forsyth ha sabido mantenerse al margen del parecer, y bajo este cuidado nos ha presentado siete poemarios que lo ubican, en especial desde su tercer título El oscuro pasajero (2012), entre las voces poéticas más atendibles. El camino no ha sido fácil, percibimos en su escritura una exploración con el lenguaje pautada por el nervio expresivo, ejercicio que lo ha llevado a logros y a la vez a la irregularidad por exceso, pero la irregularidad es el precio a pagar cuando se busca la fuerza y verdad en poesía. Al respecto, pensemos en Anatomía de Terpsícore (2014), título bisagra que nos señala los caminos que el poeta no volverá a transitar.
Por ello, tras leer su última entrega, El sendero del irivenir (Celacanto, 2017), nos queda muy claro que Forsyth no solo ha escrito su mejor libro, sino también uno de los más contundentes de la poesía peruana del presente siglo. Razones no faltan: asistimos a una festividad de la palabra en aliento a locura y experiencia sensorial límite (tengamos en cuenta que el título pertenece al tercer volumen de la trilogía Los colores invisibles de César Calvo, que inició con la conocida novela Las tres mitades de Ino Moxo).
Dividido en El desierto en silencio, La frecuencia del relámpago, La diosa blanca y El oasis bajo la lluvia, el presente poemario se manifiesta como un solo poema atravesado en cuatro direcciones temáticas, que nos guían hacia un lisérgico follaje de palabras que se conducen a la esencia presente/ausente de sus cuatro cruces, que nos hacen partícipes de una experiencia polarizada: la desesperación verbal y su calma. Solo de esta manera el autor consigue lo que busca: la revelación del poema. Para tal fin, el poeta no duda en potenciar los registros que domina, sometiendo a cuestionamiento su tradición poética personal. En esta actitud detectamos las potenciales influencias de los norteamericanos Robert Creeley y Charles Olson.
Lo que en sus anteriores entregas el exceso verbal era un señalamiento, aquí su explosión se erige en la contundencia de su virtud. Como ya indicamos, Forsyth parte de su limitación: saber qué camino no frecuentar. En esa limitación encuentra su cima expresiva. Las objeciones (cuándo no el terreno de la subjetividad) a este libro quedan de lado, y las preguntas se presentan en cuanto a lo que Forsyth hará en el futuro, mientras tanto haríamos bien en destruirnos (y también salvarnos) en estas páginas.

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miércoles, agosto 16, 2017

un libro de 1997

Caminaba tranquilo, fumando un pucho, rumbo a Sarcletti, en donde me encontraría con un buen amigo para hablar de lo que siempre hablamos: poesía, música y antifeminismo.
Pero en el trayecto recordé que no recordaba cuándo caducaba mi carné de investigador de la BNP. Como entre la BNP y el café había no más de 300 metros de distancia, decidí hacer la renovación, aprovechando que aún tenía tiempo, además, suponía que la renovación del carné no iba a demandarme más de diez minutos.
Aunque demoré poco más de quince minutos para la bendita renovación, apuré el paso hacia el café, en donde ya se encontraba mi pata, me entregó una antología de poesía de reciente publicación y un cuentario que ya había leído años atrás, en 2002 si no me equivoco, en una acelerada tarde de marzo en el entonces local central de la BNP. No era un libro del todo esquivo, conocía amigos que lo tenían, pero cuando tuve oportunidad de comprarlo, algo ocurrió, pasé de largo bajo la idea de que lo compraría al día siguiente, pero cuando regresé, el libro ya no estaba y lo busqué durante años.
Como indiqué, hay libros que son esquivos y pese a tener la reedición de 2008 de Matalamanga, siempre quise tener la edición de 1997, de Australis. 
Bien lo deduce el lector informado y memorioso, me refiero a Un único desierto de Enrique Prochazka. Releeré el libro en lo queda de la madrugada y lo más probable es que escriba de él en los próximos días. Pues bien, mientras conversaba con mi pata, miraba la portada que tenía al lado de la(s) taza(s) de café, quizá bajo el temor de no hacer un mal movimiento y manche con café la sobria portada del libro. No sería la primera vez que me ocurren esta clase de torpezas, por ello, puse sobre el libro la antología de poesía, cuyo prólogo me promete una malsana diversión. Ya les cuento.

martes, agosto 15, 2017


hora de pronunciarse

Muchos amigos y conocidos me preguntan por mis críticas a la izquierda letrada de este país. Los más elementales consideran que me dejo guiar por mis ímpetus y broncas con ciertos personajillos de la zurda del circuito literario.
Ya lo he dicho, si la izquierda en este país fuera normal, no tendría problema alguno en simpatizar con ella. Pero nuestra izquierda letrada es demasiado posera y cínica, presa de una superioridad moral que la tiñe de estratégico desentendimiento si de aceptar sus errores se trata. Algunos de estos errores bien podrían tirar por los suelos la proclama de sus principios, errores que la derecha aprovechará para justificar sus serios señalamientos hacia esta izquierda letrada que no se sacude de la demagogia.
Por ello, si esta izquierda aún no dice nada sobre su apoyo a Ollanta, en quien, como sabemos, recaen sospechas razonables sobre violación de derechos humanos, al menos que diga algo al respecto sobre la situación en Venezuela.
Claro, los que se la llevan fácil dirán que lo de Maduro es un tema que no les compete. Ceñirse a ese criterio –que tiene más de criollada discursiva que de razón– no es más que negar una cercana evidencia: miles de venezolanos que vienen a Perú en pos de un futuro mejor.
La izquierda también tiene sus dictaduras y contra ellas tiene que pronunciarse su llamada reserva moral, a menos que sus líderes guarden hacia ellas algo más que forzadas simpatías ideológicas. Lo que hizo la dictadura chavista fue comprar las consciencias de sus líderes latinoamericanos mediante pingues donaciones. Lo intuíamos y ahora lo sabemos.
En este sentido, Salomón Lerner Ghitis hace bien en pedir a la lideresa Verónika Mendoza un pronunciamiento firme ante lo que viene deshaciendo/destruyendo Maduro en Venezuela. Aparte de haber llevado a cabo semanas atrás una elección puesta en entredicho por los veedores internacionales, la gracia de este dictador de seguir en el poder viene generando un altísimo costo en vidas humanas (la mayoría de jóvenes). Ni hablar de la crisis económica que viene sufriendo ese país, lo que nos suena muy raro tratándose de uno sumamente rico. 
Mendoza no puede perder tanto por tan poco. Puedo estar o no de acuerdo con sus planteamientos económicos que expuso en la pasada campaña electoral, pero perder lo avanzado por ceguera ideológica –no por carácter, porque si hay algo que le sobra a esta mujer es precisamente carácter– es por demás estúpido, porque abrigo la esperanza de que es eso: ceguera ideológica y no un anticucho en una cuenta bancaria que desde Caracas nos den señas de su existencia si en caso ella llegara a pronunciarse contra esta dictadura tropical.

lunes, agosto 14, 2017

reseñismo pura vida

Lo digo en buena onda, a ver si empezamos a cambiar un poco.
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Desde que tengo conocimiento, el reseñismo literario practicado en medios siempre ha estado en crisis. Al respecto, se ha reflexionado mucho sobre la idoneidad de quienes lo deberían ejercer, y en parte se tiene razón cuando se reclama por críticos de oficio. Sin embargo, habría que recordar que muchos críticos provenientes de la academia no han sabido proyectar en el lector lo que se esperaba (descriptivos, aburridos, demagogos y, en algunos casos, amigueros), al punto que —salvo excepciones como Abelardo Oquendo— ya no se les extraña.
Se supone que el reseñismo tiene que mostrar la voz y la personalidad de su juez de turno, así estemos o no de acuerdo con sus juicios, más aún en estos tiempos en los que el reseñismo local ha tocado fondo: convertido en una rama promocional de las grandes editoriales y, eventualmente, de los sellos independientes.
No sorprende, estamos siendo testigos del miedo a la emisión del juicio valorativo. Pienso en la sección Don Lucho Review of Books a cargo de Pedro Escribano en La República; en la incoherencia de Juan Carlos Fangacio en El Comercio (¿descripción y señalamiento a novelas que no le gustan y descripción y saluditos a novelas malas/mediocres?); imposible olvidar los obsequios semanales que nos deparaba un ejército académico en Exitosa: reseñas que exhibían el compadrismo de los textos de presentación. Pienso también en Dante Trujillo, eficiente lector y muy buen editor (me consta). Los lectores de su página en Somos no esperan de él la pepa libresca, sino una opinión más elaborada sobre la misma, que puede lograrse en pocos caracteres (nos hayan parecido o no sus opiniones, recordemos lo que hacía Oquendo en un espacio reducido). 
El reseñista tiene una responsabilidad moral con el lector y con nadie más. Este no debe jugar en pared con la tentadora aceptación, como lamentablemente somos testigos en las redes sociales. El reseñista está llamado a ser una presencia incómoda, un pinchaglobos, no un aliado de ocasión. Ya lo dijo el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael: “hay que tener la piel dura porque la mitad de la sociedad literaria te detesta y la otra mitad te quiere mucho, si te gusta caerle bien a todo el mundo, pues esto no es lo tuyo.”

domingo, agosto 13, 2017

de reparto

La venía postergando, pero decidí verla a razón de una buena amiga que siempre acierta con sus recomendaciones. Lo que escuchaba y leía de la serie Ozark (2017), valía conocerla de inmediato, mas no podía porque estaba viendo otras series, como revisitando algunas películas de Paul Mazursky.
Creí que la vería a ritmo de siempre: dos capítulos por día. Pero como la ansiedad es uno de mis males característicos, miré de corrido sus diez capítulos, en maratónica sesión –de noche y madrugada– que valió la pena.
De las muchas cosas que me gustaron de la serie, más allá de su tema medular del lavado de dinero (en verdad, este post da para otro mucho más largo), queda en mi retina la galería de sus personajes secundarios. Al respecto, mientras desfilaban el agente del FBI Roy Petty (Jason Butler Harner), la joven, peligrosa e inteligente Ruth Langmore (Julia Garner) y la desconfiada y tan llena de carácter Rachel (Jordana Spiro), pensaba en la rica tradición de actores de reparto que exhibe la industria gringa. Es cierto, habría que hacer eco de los años de oro de la series, pero esta celebración no sería lo que es sin esos actores y actrices que dan vida a personajes en los que se sostienen no solo los personajes principales, también el tronco argumental. 
Pensaba en estos tres personajes de Ozark. Y me preguntaba por qué el asunto del lavado de dinero no es explorado en nuestro contexto (sea en series, películas y novelas), tan rico en esta clase de maravillas para la ficción. Me lo pregunté y se lo comenté a mi amiga, pero también la respuesta inmediata a esta situación no es menos que apabullante: nuestros creadores no están pensando en la Historia. Piensan en la forma y la experimentación, y los que piensan en la Historia, lo hacen de forma barata y efectista, acicateados por los resultados pecuniarios inmediatos. A esto sumemos el desconocimiento de una tradición (literaria o visual) que los lleve a ubicar a los personajes secundarios, es decir, si ni siquiera pueden ubicarlos, no nos extrañe la incapacidad para configurarlos. Un personaje secundario bien perfilado resulta más importante que el principal, lo dice el manual. Venimos, pues, desaprovechando por desconocimiento e intereses snobs el crisol de historias que nos ofrece precisamente la calle.

sábado, agosto 12, 2017

profesores

Para los que fuimos adolescentes en la década del noventa, lo que estamos viendo en los últimos días en la Plaza San Martín es una versión pacífica de las reuniones que sucedían allí. No recuerdo el año con exactitud, pero sí que los alumnos de los colegios nacionales estuvieron a nada de perder el año escolar. Aunque los reclamos de ahora son en parte justos y otros sencillamente innegociables, los perjudicados son los mismos de siempre, los alumnos, la mayoría del interior del país.
Ante esta posible catástrofe, he leído/visto un sin número de estupideces que vienen encendiendo los ánimos en los patios de recreo de las redes sociales. Para ciertas mentes la “solución” más “celebrada” sea la de capacitar a los profesionales de otras carreras para que puedan, en situaciones así, entrar al rescate de los miles de alumnos perjudicados. Quienes han propuesto esta barbaridad vienen recibiendo los más justificados ajusticiamientos virtuales, cosa que me alegra.
Capacitar a profesionales, como reserva, no es la solución. Más bien, la solución siempre ha estado a la mano, solo que en este país ya no sabe dialogar. En este caso nos hallamos ante bandos de poder que han hecho de la tolerancia y el diálogo sus banderas de promoción. Ahora vemos dónde quedan esas banderas, a qué intereses políticos, económicos e ideológicos obedecen.
Anoche me encontraba por Miraflores, compré en una librería un par de libros de Fernando del Paso. Cuando me disponía a regresar a casa, me despedí de mi amiga que me acompañó en esta breve cacería libresca y decidí ir al Centro. Para mi buena suerte, llegué rápido y me alegra que haya sido así, porque lo vi fue una muestra festiva del reclamo, pautado por cánticos y danzas. Claro, era la algarabía después de muchas horas de arengas. La plaza también estaba poblada por carretillas de comida y venezolanos que vendían café y arepas. 
Hablé un rato con algunos profesores, les pregunté lo que tenía pensado preguntarles. Estaban los que buscaban el diálogo, los infaltables revoltosos de la ceguera ideológica y los ociosos que se hacen llamar profesores. Para bien, los del primer grupo eran más.

miércoles, agosto 09, 2017


Gregorio Martínez, la carnalidad de la prosa

La partida de Gregorio Martínez viene confirmar, una vez más, el inminente relevo en el que se encuentra la narrativa peruana. No estamos en un relevo natural, sino ante uno forzado e inesperado, manifestado en una seguidilla de ausencias de nombres medulares para la tradición narrativa  de los últimos cuarenta años. En el caso de Martínez, se trataba de un autor de quien no sabíamos mucho, bueno, sabíamos lo que teníamos que saber de él: era dueño de una obra muy apreciada. Como ya se viene indicando en medios, uno de los mayores logros del autor fue convertir en experiencia literaria la oralidad afroperuana de la costa. Sin embargo, lo que siempre me gustó de él fue su administración de la mirada vital, el talento para escribir y la erudición, que en su confluencia nos convirtieron en agasajados partícipes de una naturalidad discursiva que descansaba en la verdad de la transmisión.
Sin duda, y en toda justicia, muchos escritores que lo conocieron darán cuenta de sus dotes humanas. Ante ello, prefiero repasar lo que pensaba/pienso de Martínez y su obra, porque al igual que yo, son muchos los que llegamos a saber de sus libros mediante la recomendación de terceros. Tampoco hablamos de un autor marginal, porque se podía estar informado sobre sus publicaciones ya sea por diarios y revistas.
Para un entonces joven lector interesado en narrativa peruana, había transitar por caminos seguros, partiendo de los autores canónicos e ingresar sin sentimientos culposos a los autores que podían exhibir una proyección. Supe de Gregorio Martínez gracias a una referencia que hizo Antonio Gálvez Ronceros en el Taller de Narrativa que dirigía en San Marcos. Aquella noche, tras leer el cuento de un aspirante a escritor, GR le sugirió que leyera el cuentario Tierra de caléndula. No sé si el aspirante hizo suyo el consejo, pero yo sí, puesto que en esos años noventeros apuntaba todas las referencias bibliográficas posibles y me lanzaba a la cacería de ellas. No fue difícil leer ese libro, porque lo pedí prestado de una biblioteca que se respetaba como tal.
A partir de entonces, pasé a recorrer su bibliografía, que no era extensa. A saber, leí La gloria del piturrín y otros cuentos del amor, Crónica de músicos y diablos y Canto de sirena. Tras estas lecturas, supe que Martínez no sería una referencia a seguir en mi condición de indeciso interesado en la escritura. No quiero decir que no conectara con su poética, por el contrario, me sentía muy atraído por ella a razón de su sabiduría y su pulsión vital, esa suerte de celebración del erotismo en la esencia de la prosa. Me di cuenta de que Martínez no sería un autor del que pudiera aprovechar un magisterio narrativo, pero poco o nada me importaba el magisterio a fin de cuentas. Me bastaba y sobraba con leerlo para llegar al estado orgásmico de la lectura.
Años después leí Biblia de Huarango, Cuatro cuentos eróticos de Acarí, Libros de los espejos. Siete ensayos al filo del catre y Abracadabra. Tanto la ficción y la ensayística de Martínez compartían varios elementos en común, no detectaba divorcios temáticos, ni variaciones de estilo, y más de una vez barajé la remota sospecha de que el cambio de registro venía avalado por la manera en que las editoriales presentaban sus libros. Por ello, lo que siempre he creído es que Martínez no estaba del todo preocupado por los registros a abordar, entonces se deduce que lo suyo era la carnalidad de la prosa. Esto nos permite explicarnos la calidad de su literatura hasta en sus contados títulos irregulares.
Por otra parte, Martínez se me presentaba como un autor de armas tomar. Recuerdo sus intervenciones en la sonada polémica entre escritores andinos y criollos, también en los encendidos comentarios que suscitó la publicación de su Copé de Ensayo Abracadabra. A estas alturas, no quiero detallar si Martínez tuvo o no razón en estas batallas discursivas, pero había que ser de piedra o carecer de alma para no haberse sentido tocado por su jodida lengua de acero, cargada de barrio, ironía, humor corrosivo e inteligencia.
Martínez mereció más reconocimiento, es decir, su obra no tenía sentido alguno en el estrecho círculo de conocedores que la condenaron a las miradas antropológicas y sociológicas. En un circuito cultural normal, Martínez hubiese sido un clásico, cuyos cuentos y leyendas formarían parte del imaginario popular, imaginario que no necesariamente debía conocer sus señas personales. Este habría sido el mayor reconocimiento para Martínez.
Y siguiendo la idea expuesta en el primer párrafo, la muerte de nuestro autor vuelve a poner en alto relieve al Grupo Narración, como cantera política, ideológica y literaria. Crucemos información, veamos sus nombres, leamos sus títulos y juzguemos. Si Narración es lo mejor que le ha pasado a la narrativa peruana contemporánea, se debe a los proyectos narrativos de sus integrantes, pensemos en Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, y ahora en Gregorio Martínez.

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martes, agosto 08, 2017

en otro lado

Mientras acababa mi jugo de mandarina y granadilla, pensaba en lo que dejó la pasada edición de la FIL. Al respecto, no hay mucho que pensar, porque ha sido la mejor edición en la historia de la CPL. Negarlo, aparte de efectista, es también mentir. Lo dicho no se ajusta a un posible éxito de ventas, tampoco a razón de la asistencia de público, aspectos muy relativos y que solo los ases de las calculadoras asumen como determinantes al momento de dictaminar sus logros y fracasos.
Felizmente, yo me fijo en lo que ofreció la FIL como espacio cultural, destacando, en primer lugar, su oferta bibliográfica, que este año se vio reforzada gracias a libreros (contados, pero son, y no confundamos con vendedores de libros) que decidieron apostar por la calidad en lugar del olfateo comercial. Claro, la feria son sus libros, pero también lo que ofrece su programa de actividades, que se vio recompensada con salas llenas, al punto que debías hacer cola si en caso no encontrabas una silla libre. No hablemos del buen gusto de la infraestructura, al respecto, felicito a Germán Coronado por contratar a un arquitecto capaz, que hizo un milagro: convertir en recorrido agradable lo que parecía un mercado en gestiones anteriores.
Claro, ni hablar de los invitados extranjeros, muchos de ellos escritores importantes y algunos de primera línea, como Leonardo Padura, Jorge Edwards, Juan Villoro, Fabio Morabito, Margo Glantz y Richard Ford. El público respondió a lo que se le estaba ofreciendo. Obviamente, la representación local también tuvo lo suyo, pero en este sentido habría que subrayar la participación de Renato Cisneros, de quien aún no leo su novela Dejarás la tierra. Más allá de eventuales saludos y reparos a su nueva entrega, resulta importante ver a un autor peruano con miles de lectores. Claro, se podría explicar el “fenómeno” en función a su herencia mediática, pero tengamos en cuenta que Cisneros no está ofreciendo un producto plástico, sino uno noble, que como tal, si no conecta con su público potencial, este no dudaría pasar sin más de su libro. La herencia mediática puede ayudar en los inicios de una trayectoria, pero no es determinante en nada. Ya hemos visto otros ejemplos de autores que provienen de los medios y cuyos libros no conocen otro destino que el olvido. Autores como él son necesarios para una industria editorial, a la que permite apostar por plumas que no tienen mucha resonancia. Ocurre en otros circuitos, así es que lo dicho no tendría que sorprender. 
Y siguiendo con los escritores locales, ninguno que participó en esta feria puede quejarse. Todos se sintieron importantes, al menos durante más de veinte minutos. Algunos cumplieron porque se prepararon, en cambio otros no hicieron más que hablar huevadas y prestarse a los mecanismos de la contactología. Además, lo que me quedó muy claro es que la mayoría de nuestras plumas no están contentas con lo que tienen. Felizmente, la literatura está en otro lado.

lunes, agosto 07, 2017


tdp: "destierro"

Texto de presentación, leído el domingo 6 de agosto. Sala José María Arguedas. FIL de Lima.


Buenas tardes.
Antes que nada, me gustaría agradecer a María Fernanda Castillo del Grupo Editorial Planeta por invitarme a presentar la nueva novela de Alina Gadea. El agradecimiento viene por partida doble, puesto que la novela en cuestión es una de las mejores novelas peruanas que he leído en los últimos años (y no hay nada mejor que poder hablar de los libros que te gustan) y también porque la autora es muy amiga mía. El azar hizo su parte, porque María Fernanda no sabía de mi amistad con Alina cuando me preguntó si podía presentar su novela el día de hoy.
Y antes de hablar de Alina y su novela, un dato ¿menor? que no puedo pasar por alto: la portada. De los muchos libros peruanos presentados en esta edición ferial, la portada de esta novela la rompe en su sobriedad y minimalismo. Felicitaciones a su responsable.
*
Lo mejor sería empezar con una pregunta: ¿qué pensamos cuando pensamos en la obra literaria de Alina Gadea? Cada uno de nosotros puede tener su respectiva opinión, pero esta es la mía: Gadea es a la fecha una de las plumas más destacadas de la narrativa peruana del presente siglo. Nos encontramos aquí para celebrar la aparición de Destierro (Emecé del Sur, 2017), pero antes, tengamos en cuenta que su aparición es una consecuencia natural de la obra narrativa que nuestra autora ha ido construyendo desde 2009, año de la aparición de su primera novela Otra vida para Doris Kaplan. Si llevamos a cabo un fugaz ejercicio de memoria, Gadea ha recibido los saludos de la crítica (entre positivos y ambivalentes), la atención de la prensa y, en especial, de los sinceros favores de los lectores.
Pero este reconocimiento no ha sido gratuito, más bien, obedece a una coherencia que la autora mantiene y exhibe en su poética narrativa. Hablamos de su tópico recurrente: la representación del mundo interno de la mujer y sus afanes por liberarse de las estrecheces morales, sociales y emocionales. Por ello, habría que fijarnos mejor en su biografía literaria. En este sentido, ¿por qué Alina Gadea es la tremenda escritora que es? Fácil, al menos para mí la respuesta lo es: la contundencia que vemos en su estilo es lo que ubica a Gadea como una narradora de primera línea. Bien lo señalan los que saben, los maestros, desde Hemingway a Ford: la coherencia del estilo en un proyecto de obra define la poética de los verdaderos escritores. En este sentido, Gadea se propuso en sus novelas taladrar y conmover al lector partiendo de un estilo diáfano, en apariencia aséptico, pero tramposo a fin de cuentas. Lo hemos visto en toda su dimensión en su ya indicada primera novela, también en Obsesión y La casa muerta, y ahora en el título que nos reúne.
En la aparente sencillez de sus recursos narrativos, Gadea ha forjado una obra sólida. Es decir, no hablamos de una pluma vendida a los intereses del mercado, mucho menos a los tanteos de las vertientes estilísticas y temáticas de moda. Gadea ha sabido edificar una comunidad de lectores a cuenta del Gadea Style, o sea, por medio de una claridad expresiva cargada de palabras nerviosas y mucha poesía en sus silencios, en realidad, demasiada poesía, que en Destierro alcanzan cimas que difícilmente vamos a olvidar.
Una muestra al vuelo: “Nos hemos quedado dormidos. La tarde ha caído y yo despierto como quien sale de la reventazón de una ola salada. Él observa la foto de su hijo y el mío junto con los demás niños de la clase… Cierro fuerte los ojos. Tengo miedo de ser una caja vacía. Papel amarillento en un cajón.”
En Destierro asistimos a la potencialidad narrativa de Gadea. Destierro no es un paso más en su trayectoria, es su novela consagratoria que la posiciona como una voz atendible de la narrativa peruana contemporánea, y no solo de la escrita a partir del presente siglo.
Esta novela de poco más de cien páginas es extremadamente peligrosa. En ella, Gadea cuenta mediante una voz quebrada un proceso de separación. Pero aquí el tema, aparte de importante para su linealidad histórica, es solo un pretexto, porque la verdadera protagonista de la novela es su estilo, que canaliza el dolor y la posibilidad de emancipación de la mujer que narra. Gracias a la sencillez de la prosodia, ingresamos a los senderos emocionales de la voz que cuenta, y al contar esta voz ingresamos a una dimensión del horror que supone toda separación, al quiebre emocional que no solo deja daños inmediatos, sino también colaterales.
Mientras leía Destierro, me fue imposible no recordar una idea que esgrime Paul Auster en su novela El palacio de la luna, aquí su narrador Marc Stanley Fogg dice algo más o menos así: “lo más triste no es la pérdida del amor, tampoco el rechazo de la persona que amaste, lo verdaderamente trágico es no sentir absolutamente nada por la persona por la que sentiste amor, ese es el vacío.”
Eso es Destierro, la radiografía del amor que ya no se siente, el amor perdido que en el dolor busca su emancipación y en esa búsqueda el lector de turno se identifica con la voz que narra, viajando en ella por un camino que se manifiesta tortuoso, impactándolo y dinamitándolo. Alina Gadea consigue, gracias a la poética transparencia de su estilo, quebrar los moldes narrativos establecidos. Sin efectismo mentiroso, sin recursos narrativos promocionados hasta el hartazgo el día de hoy y vendidos como “nuevos”, nuestra autora ve justificada su lugar de relevancia en la tradición narrativa peruana. En Alina Gadea, el estilo y la fragmentación son experiencia literaria. 
Muchas gracias.

domingo, agosto 06, 2017

sencillez y asombro

Luego de varias semanas lejos de las novedades de la literatura peruana del presente año, he vuelto con fuerza a ellas. Leo, selecciono y hago notas. En la experiencia, encuentras de todo. Y pienso recomendar, como también llevar a cabo algunos señalamientos, necesarios por cierto, más aún en nuestro contexto literario, que tiene todos los visos del tráfico de hora punta.
De lo leído para sugerir: Demasiada responsabilidad (Literatura Random House, 2017) del narrador y periodista Enrique Planas. No lo pienso mucho: Planas nos ofrece un libro sabio y revelador. Sabio en cuanto a su contenido y revelador en el dominio del registro de su escritura, pausada y ajena de todo efectismo nominal, del mismo modo funcional pero sin protagonismo.
Me gusta este registro de Planas, y me alegra que me guste, porque sus últimos libros de ficción no me estaban convenciendo, y vaya que aún se puede esperar mucho del escritor que fue capaz de publicar en 1996 una novela como Orquídeas del paraíso.
Como ya lo indiqué en su momento, habría que mirar con atención la tradición de los retazos, aquel trabajo que los escritores elaboran en paralelo a sus proyectos mayores, que podemos rastrear en ensayos, artículos, crónicas, reseñas, críticas, conferencias, etcétera. No hablamos de acopio, sino de selección. Y la selección que guía esta publicación yace en la experiencia y la sabiduría que conducen el asombro presente en cada una de sus páginas. 
Nos referimos a un asombro que no es propiciada por las revueltas emocionales del presente desde el que se escribe, a una distancia que nos permite leer textos que ofrecen una contundente madurez discursiva, en donde Planas, aparte de contarnos su vida, nos brinda una enseñanza: comprender al otro mediante sus propias facetas de padre, hijo, joven escritor, esposo, amigo, periodista, escritor que construye una obra y hombre de múltiples inseguridades. Planas se expone como tiene que exponerse un escritor serio: desde la sencillez de la mirada, la misma que podría asegurar a este pequeño libro un lugar de privilegio en la memoria del ocasional lector. Ojalá sea así.

viernes, agosto 04, 2017