martes, agosto 08, 2017

en otro lado

Mientras acababa mi jugo de mandarina y granadilla, pensaba en lo que dejó la pasada edición de la FIL. Al respecto, no hay mucho que pensar, porque ha sido la mejor edición en la historia de la CPL. Negarlo, aparte de efectista, es también mentir. Lo dicho no se ajusta a un posible éxito de ventas, tampoco a razón de la asistencia de público, aspectos muy relativos y que solo los ases de las calculadoras asumen como determinantes al momento de dictaminar sus logros y fracasos.
Felizmente, yo me fijo en lo que ofreció la FIL como espacio cultural, destacando, en primer lugar, su oferta bibliográfica, que este año se vio reforzada gracias a libreros (contados, pero son, y no confundamos con vendedores de libros) que decidieron apostar por la calidad en lugar del olfateo comercial. Claro, la feria son sus libros, pero también lo que ofrece su programa de actividades, que se vio recompensada con salas llenas, al punto que debías hacer cola si en caso no encontrabas una silla libre. No hablemos del buen gusto de la infraestructura, al respecto, felicito a Germán Coronado por contratar a un arquitecto capaz, que hizo un milagro: convertir en recorrido agradable lo que parecía un mercado en gestiones anteriores.
Claro, ni hablar de los invitados extranjeros, muchos de ellos escritores importantes y algunos de primera línea, como Leonardo Padura, Jorge Edwards, Juan Villoro, Fabio Morabito, Margo Glantz y Richard Ford. El público respondió a lo que se le estaba ofreciendo. Obviamente, la representación local también tuvo lo suyo, pero en este sentido habría que subrayar la participación de Renato Cisneros, de quien aún no leo su novela Dejarás la tierra. Más allá de eventuales saludos y reparos a su nueva entrega, resulta importante ver a un autor peruano con miles de lectores. Claro, se podría explicar el “fenómeno” en función a su herencia mediática, pero tengamos en cuenta que Cisneros no está ofreciendo un producto plástico, sino uno noble, que como tal, si no conecta con su público potencial, este no dudaría pasar sin más de su libro. La herencia mediática puede ayudar en los inicios de una trayectoria, pero no es determinante en nada. Ya hemos visto otros ejemplos de autores que provienen de los medios y cuyos libros no conocen otro destino que el olvido. Autores como él son necesarios para una industria editorial, a la que permite apostar por plumas que no tienen mucha resonancia. Ocurre en otros circuitos, así es que lo dicho no tendría que sorprender. 
Y siguiendo con los escritores locales, ninguno que participó en esta feria puede quejarse. Todos se sintieron importantes, al menos durante más de veinte minutos. Algunos cumplieron porque se prepararon, en cambio otros no hicieron más que hablar huevadas y prestarse a los mecanismos de la contactología. Además, lo que me quedó muy claro es que la mayoría de nuestras plumas no están contentas con lo que tienen. Felizmente, la literatura está en otro lado.

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