jueves, abril 05, 2018

defensa de la ficción


Ya es costumbre que Mario Vargas Llosa altere la paz de nuestro pueblito cultural, cuyos integrantes caen presos de la conmoción a razón de las supuestas ligerezas que vienen conduciendo últimamente su criterio. A saber, lo acusan de favoritismo por el artículo dedicado al último título de Pedro Llosa, a quien tenemos que calificar de buen narrador; y hace poco, de machista retrógrada por Nuevas inquisiciones, en donde manifiesta su desacuerdo de la profilaxis que el feminismo radical pretende llevar a cabo con los libros de ficción.
No siempre sintonizo con MVLl, pero de dicho artículo firmo cada una de sus palabras. La razón es muy simple: estamos ante una férrea defensa de la lectura de ficción, últimamente en peligro por obra y gracia de la mirada fanática de la reivindicación y también por cuenta de las estrecheces académicas de los estudios culturales. Militancia ciega y estupidez discursiva que ahora van tras el único refugio que les queda a muchas mujeres y hombres de cultura: la imaginación y recreación como frutos del acto de leer.
Nuestra condición de lectores se resentiría mucho si antepusiéramos elementos extraliterarios a lo que nos ilumina de un libro. Las inventivas y el talento para transmitir están por encima de la moral del emisor de turno. Eso es pues lo maravilloso de la experiencia literaria, que nos rescata del vacío de la cotidianidad. Por ejemplo: ¿acaso dejaré de admirar por asesina a la fabulosa narradora de suspenso Anne Perry? En 1954, cuando Perry respondía al nombre de Juliet Hulme, mató de 45 ladrillazos en la cabeza a la madre de su mejor amiga Pauline Parker. Las adolescentes Hulme y Parker idearon el macabro acto con frialdad. Fueron separadas para siempre y enfrentaron la condena social. En su encierro, Hulme descubrió la evasión de la lectura.

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